El turco

Francisco Veiga

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Debate. Barcelona (2006). 666 págs. 22,90 €.

Turquía está de actualidad. Su aspiración a ser miembro de la Unión Europea no deja de suscitar resquemores, quizá algunos ligados a lo que fue, durante siglos, para la conciencia europea, el turco y los piratas a su servicio, como los famosos hermanos Barbarroja. El país es heredero histórico de una potencia -el Imperio Otomano- que, después de hacerse con Constantinopla en 1453, asedió la seguridad y la libertad europea a lo largo de los siglos XV y XVI, y conquistó territorios tan vinculados a la herencia occidental como Grecia, que no recuperó la independencia hasta 1821.

No hubo en la formación del gran imperio turco ese afán religioso primordial que había animado conquistas musulmanas de siglos anteriores. Aquí, poco a poco, primó la lógica de la potencia política, la emulación con la otra parte del mundo, donde por entonces -siglo XVI- mandaban los Austrias. En esta Europa dividida, algunas potencias -Francia, por ejemplo- no tenían inconveniente, con tal de adquirir más poder, en aliarse… hasta con el Turco.

Después de una larga decadencia, cuyo inicio puede situarse en la derrota de Lepanto, en 1571, y de la ruina tras la primera guerra mundial, algunas potencias europeas se hicieron con los restos del imperio. Un turco distinto, Kemal Ataturk, logró en un tiempo récord el principio de la modernización del país -reducido a la península de Anatolia y a un exiguo territorio en Europa- y la separación de lo político respecto a lo musulmán. Hoy, en cambio, se perfila ya un posible crecimiento del radicalismo islámico que habría que evitar a toda costa, porque de otro modo la incorporación a Europa se haría imposible.

Por todos estos factores de complejidad es interesante el libro de Francisco Veiga. Arranca del origen de este pueblo (o pueblos), la lejana Siberia, con ramificaciones por toda el Asia Central, hasta que llegaron a hacerse fuertes en la península de Anatolia. En su periodo de mayor esplendor eran dueños de toda la costa norteafricana, de Egipto, de los actuales Palestina, Siria, Jordania, Líbano e Irak; de parte del sur de Rusia, y de toda la península balcánica, quedando la frontera muy cerca de Viena, a la que asediaron repetidamente, sin éxito.

El islamismo en Turquía ha sido tradicionalmente tolerante y está, por ejemplo, en las antípodas de lo que puede ser hoy Arabia. Pero el autor, aquejado de esa especie de “síndrome de Estocolmo” que sobreviene cuando se dedica mucho tiempo a estudiar algo, exagera los aspectos positivos de la herencia turca, con una comprensión que a veces no manifiesta hacia tradiciones culturales y religiosas de Occidente. Está muy bien comprender al turco, siempre que se haga el mismo ejercicio con el cristiano. Salvando esa peca, el libro es útil, abarcador y llena un hueco que existía en la bibliografía en castellano sobre lo que fue el último gran imperio musulmán.

Rafael Gómez Pérez

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