El temblor del héroe

Destino.
Barcelona (2012).
232 págs.
19,50 €.

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La anterior novela de Álvaro Pombo, La fortuna de Matilda Turpin (2006), consiguió el premio Planeta. Ésta, la siguiente, consigue el premio Nadal (también del Grupo Planeta). No cabe duda de que Pombo (Santander, 1939) es para este potente grupo editorial un valor seguro que combina lo comercial con el prestigio literario. A ello hay que sumar la popularidad de Pombo, como activista social, candidato por UpyD al Senado, homosexual y autor de una de las trayectoria más prestigiosas de la literatura española del último cuarto del siglo XX. Esta popularidad y la polémica, nunca ácida por su personalidad, que transmiten sus opiniones variopintas han pesado sin duda en su elección como ganador de estos premios literarios.

Aquí Pombo abandona uno de sus escenarios preferidos, Santander y los conflictos de la burguesía, para centrar su historia en un prestigioso profesor universitario retirado, Román, quien siente que la vida ha perdido pasión e interés, y sus días se deslizan inanes. Todo está ambientado en un presente muy reconocible: Madrid, la crisis económica, el desprestigio de la universidad… Román tiene dos grandes amigos, Elena y Eugenio, ambos médicos, antiguos alumnos suyos, con los que comparte muchas de sus reflexiones e inquietudes. Con Elena comparte algo más, pues el último año mantiene citas periódicas con él en secreto, pues ella siente una irresistible atracción por él, aunque no quiera romper su matrimonio.

En la solitaria y monótona vida de Román irrumpe Héctor, un joven periodista que le quiere hacer una entrevista para un medio digital. Héctor, un joven muy de ahora, sin muchos escrúpulos, que ha llevado una vida difícil, acaba haciéndose amigo de Román. Y el último personaje que entra en acción es Bernardo, amigo y antiguo profesor de Héctor, homosexual algo atormentado que tuvo en sus años pasados como profesor algunas experiencias fuertes –a los trece años sedujo sexualmente a Héctor, con el que tuvo una larga y peligrosa relación– de las que luego se ha arrepentido.

Como en otras novelas de Pombo el acento está puesto en los conflictos psicológicos de todos los personajes –en especial, de Román, el hilo conductor- y en el tratamiento del lenguaje. Maneja Pombo un estilo suelto, rápido, vivaz, con mucho diálogo y con expresiones muy contemporáneas, con notas muy personales y mucha cita literaria con la que quiere dotar de profundidad y originalidad a su discurso. Sin embargo, en esta ocasión, el resultado deja mucho que desear, aunque se trate de un producto muy pombiano.

Se empeña Pombo en intelectualizar unos conflictos que no tienen ni fuerza ni categoría suficientes. Vamos leyendo la novela pensando que vamos a entrar de verdad, en cualquier momento, en esos sinuosos mundos que ha creado siempre Pombo, donde mezcla la psicología personal con la familiar y social, y, sin embargo, aquí no hacemos más que dar vueltas y vueltas con el ruido de fondo de conversaciones pedantes, literarias, prefabricadas, sin vida. Pombo ha creado un artificio muy artificial, una copia o parodia descafeinada de su propia literatura.

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