El tango de la Guardia Vieja

Alfaguara.

Madrid (2012).

498 págs.

21 €.

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Dejando a un lado sus novelas sobre el capitán Alatriste, en sus últimos libros parece como si Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) quisiera quitarse el sambenito de mero escritor de novelas de aventuras. Tanto El pintor de batallas como El asedio son novelas en las que indaga sobre la condición humana desde una perspectiva desencantada. Para conseguir este efecto, suele basarse en personajes que poseen muchos de los rasgos del propio autor: actitud crítica pero desapasionada ante la vida, visión negativa de la condición humana y ausencia de certezas más o menos existenciales y trascendentes.

Así, sus habituales protagonistas son seres descreídos, autosuficientes, desengañados, cansados de la vida, cínicos, desafiantes con lo que les rodea y pesimistas ante el destino que les ha tocado vivir. Esta marca de la casa añade a sus novelas dramatismo y desengaño, pero también las hace, en sus planteamientos existenciales, previsibles y vacías.

A estas alturas, nadie discute la capacidad de Pérez-Reverte para construir argumentos y para sacar el máximo partido a la ambientación. Como demuestra en esta novela, es un escritor obsesionado con los detalles y la verosimilitud ambiental. El tango de la Guardia Vieja transcurre en diferentes momentos históricos, en 1928 en un crucero que finaliza en Buenos Aires; en 1937 en Niza; y en 1966, en la ciudad italiana de Sorrento.

Con un meritorio puntillismo, Pérez-Reverte intenta captar en su novela –y lo consigue con creces– la atmósfera de cada uno de estos tiempos y lugares. Hay, pues, un elaborado y perfeccionista trabajo de reconstruir una época con referencias a la moda, la música, el cine, los lugares, las costumbres, los objetos y las maneras. Desde este punto de vista, hay que reconocer que Pérez-Reverte ha realizado un excelente trabajo.

Sin embargo, este realismo y esta verosimilitud, impecables y necesarios, no bastan para construir una buena historia. Más aún, en esta ocasión, esta obsesión por pintar aquellos tiempos acaba arrinconando y hasta agobiando a los personajes y a la evolución de la propia trama.

Los principales protagonistas de esta novela son Max Costa y Mecha Inzunza, quienes se conocen en un viaje en barco a Buenos Aires. Max trabaja en el crucero como bailarín profesional y Mecha, una joven adinerada, es la esposa del compositor español Armando de Troeye. Entre Max y Mecha surge una atracción que arranca de la habilidad de Max para bailar tangos. Ya en Buenos Aires, se ofrece de guía al matrimonio para enseñarles algunos lugares que frecuentó durante su infancia y adolescencia. Allí Max les enseña el nacimiento del tango auténtico, arrabalero, nada turístico ni cosmopolita, el tango de la Guardia Vieja, que se cantaba y bailaba en locales de mala muerte.

Al cabo de los años, las vidas de Max y Mecha volverán a cruzarse en Niza y Sorrento. La novela cuenta de manera alterna los sucesos de 1928 y 1937 y los de 1966. Para introducir alguna intriga en la trama, además de la intensa relación que mantienen los protagonistas, Max se ve envuelto en peligrosos asuntos. Si en el primero era el mundo de los espías con el telón de fondo de la Guerra Civil española, en el segundo se encuentra con el largo brazo de la KGB, que protege al campeón del mundo de ajedrez, el soviético Sokolov, quien se enfrenta en Sorrento en un campeonato contra la promesa chilena Jorge Keller, hijo de Mecha Inzunza.

Pero lo más importante de esta historia no son estas aventuras sino la intermitente y alambicada relación que mantienen Mecha y Max. La ausencia de una realización que vaya más allá de la satisfacción sexual –algo que se da en otras novelas del autor– se traslada en ésta al confuso trato afectivo que mantienen sus protagonistas, donde el autor quiere añadir, ahí sí, el toque de originalidad y extrañeza, pues lo que más les une es la actitud que los dos mantienen ante el sexo. Mecha, con el consentimiento de su marido, mantiene relaciones sexuales con otros amantes y, por supuesto, con Max. Y a lo largo de los años, en sus sucesivos reencuentros y situaciones personales, la relación mantendrá su complejidad y sus deliberadas ramificaciones oscuras y turbias con las que Pérez-Reverte, ante la ausencia de otras inquietudes, quiere convertir su trama en una variante de la insatisfacción existencial.