Saqué este ensayo de la biblioteca del Ministerio de Agricultura buscando ideas para la Política Agraria Común (PAC) del periodo 2028-34. Pronto descubrí que el autor no pretendía dar una definición o descripción estructurada de la agricultura o lo rural: iba más allá. El centro del ensayo es el telos humano ante el don de la naturaleza y de cómo en su cultivo, conservación y custodia, el hombre puede llegar a la plenitud.
Los razonamientos del autor no siguen un hilo único. Cada capítulo refiere una polémica que en su centro tiene un cierto modo de concebir la naturaleza –humana y del medio físico– y las actividades que interactúan con ella. La solución al dilema que genera dicha polémica puede llevar a alterar la cultura tal y como la entendemos. Esta articulación de los problemas, junto con un lenguaje ágil, ameno, claro y lleno de imágenes que llegan a ser poéticas, hacen del libro una lectura muy recomendable, aunque no se tenga un interés específico por la agricultura o lo rural.
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Particularmente bello es el capítulo sobre la tauromaquia. La explicación del sentido de la corrida de toros, el sinsentido ganadero del cuidado que los criadores dan a las reses bravas, y su raíz única en el alma y estética de la tradición española, resultan iluminadores; pero, quizá, rompe el molde cuando lo relaciona con el entendimiento conyugal y el aparente oxímoron de la sensibilidad femenina que tiene la liturgia del toreo. Esto último me parece muy inspirador.
El autor analiza, no sin pena, las tendencias y propuestas transhumanistas que desechan el trabajo con las manos, la cercanía de la materia, o que incluso propugnan la superación de los límites naturales del cuerpo y la naturaleza. El mundo digital, la robótica y la inteligencia artificial pueden ser una gran ayuda, pero también pueden llevar a la deshumanización por la demonización de la materia, sus límites y sus leyes.
Cultivar la tierra supone darle forma, pero al mismo tiempo, quien la cultiva se conforma con la tierra y moldea su alma. El asombro y la gratitud siguen siendo los motores de las virtudes del agricultor, que hará todo lo posible para obtener una buena cosecha, pero sabe que el resultado no depende exclusivamente de él. El asombro y la gratitud son hijas de la humildad y la esperanza para los habitantes del campo.
Por esto, resulta dramático el capítulo en el que analiza cómo el Leviatán –encarnado en burócratas que planifican y acuerdan a mucha distancia de la realidad cotidiana– tritura a los agricultores. El fantasma de una muerte simbólica de la actividad agraria se plasma en el suicidio real y actual de agricultores agobiados por la hiperregulación y el diseño de un mundo perfecto donde los tapones no se caen de las botellas de plástico.
Repensando el libro, me doy cuenta de que mi primera impresión me ha engañado: este ensayo sí está lleno de ideas para un planificador de política agraria. Si no ponemos una idea correcta del hombre en el centro de las políticas, repartiremos dinero, pero no contribuiremos a una sociedad más humana.