El caso de Paul

Nórdica. Madrid (2010). 70 págs. 8 €. Traducción: Aurora Echevarría.

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Willa Cather (1876-1947) fue una escritora muy leída en su tiempo, contemporánea de Scott Fitzgerald, McCullers, Steinbeck y O’Connor. En los últimos años ha sido redescubierta en España gracias a la publicación en la editorial Alba de sus mejores obras: La muerte llama al arzobispo, Mi Ántonia, Una dama extraviada, Mi enemigo mortal… También en Alba apareció Los libros de cuentos, que reunía todos sus relatos, incluido El caso de Paul, uno de los mejores.

Basado en un hecho sucedido cuando la autora era profesora en Pittsburgh, reflexiona sobre el mundo del arte y los artistas. Paul es un muchacho con fama de díscolo entre sus profesores, a los que molesta su sempiterna “actitud histéricamente desafiante” y sus repetidas impertinencias. Paul se siente distinto, especial, muy por encima de la vulgaridad que le rodea. Hay en su espíritu una morbosa fascinación por lo romántico y lo artístico, que le lleva a estar en un permanente estado de rebeldía en el colegio y en casa. Para ganar algo de dinero, trabajaba de acomodador en el teatro Carnegie Hall, el único lugar “donde Paul vivía de verdad: el resto no era sino sueño y olvido”. Hastiado de tanta mediocridad, huye de casa y se embarca en una peligrosa y trágica aventura con la que pretende satisfacer sus ansias de belleza y eternidad.

En la cubierta de esta edición se dice que este relato “explora las contradicciones de muchos jóvenes con vocación artística que viven en un mundo materialista”. Me parece un tanto exagerado resumir de esta manera la tragedia de Paul, pues la vocación artística que él siente no está apoyada en un sentido profundo de la cultura sino en sus facetas más epidérmicas, efervescentes y espectaculares. Paul no era un gran lector, ni quería ser actor… Lo que quería, por encima de todas las cosas, era “estar en la atmósfera, flotar en sus olas, verse transportado, legua azul tras legua azul, lejos de todo”. La mediocridad que tenía a su alrededor ahogaba su espíritu; pero las decisiones que toma, según él artísticas, describen su enfermizo sentido de la realidad. Al final, lo que Paul descubre es que el dinero (y no el arte) es el valor supremo: lo que para él está por encima de todo.