El caballero del jubón amarillo

Alfaguara.
Madrid (2003).
352 págs.
19,95 €.

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En esta quinta entrega de las aventuras del capitán Alatriste (ver servicio 13/98), el narrador, el joven Íñigo Balboa, ha evolucionado: sigue siendo todavía un muchacho, pero sus sentimientos y acciones son cada vez más los de una persona adulta. Así se comprueba en sus relaciones con la menina Angélica de Alquézar, donde son más intensos, y explícitos, los impulsos sexuales, y en su activa participación en las reyertas en las que se ve envuelto Alatriste, más cínico, sombrío y violento que nunca.

El argumento de El caballero del jubón amarillo gira en torno a los amores de Felipe IV, en la novela un rey más aficionado al teatro y a las aventuras amorosas con actrices (en este caso con la popularísima María de Castro) que a los asuntos de gobierno.

El Madrid del Siglo de Oro aparece muy bien retratado, lo mismo que la vida cotidiana y el lenguaje de los personajes, con un premeditado –y a veces abusivo– recurso al lenguaje de los delincuentes. Vuelven a aparecer personajes ya habituales de la serie.

Como ha confesado en repetidas ocasiones el autor, su deseo con esta serie es acercar la historia de España a los lectores más jóvenes. Desde el principio, estas novelas estaban destinadas a ese público. De hecho, ahora la editorial está volcada en introducir estos libros en los institutos, sabiendo que si los profesores los recomiendan –como está sucediendo en las clases de historia, de literatura y hasta de… ética–, las ventas se disparan. Más de diez mil alumnos han participado ya en cursos sobre Alatriste organizados por Alfaguara.

Sin embargo, el éxito de las primeras entregas fue tan grande que este objetivo –unas novelas históricas para jóvenes– fue camuflado. No se puede negar que la acogida del público ha sido excelente, pero eso no quita para asegurar que se trata de unas novelas en las que las huellas de la literatura juvenil son demasiado evidentes en su estructura, desarrollo, personajes y mensaje. Desde esta perspectiva, conviene rebajar las pretensiones históricas y estéticas del autor, pues los lectores juveniles, como sabe Pérez-Reverte, prefieren el dinamismo, la linealidad, unos contenidos asequibles, una ambientación realista pero sin avasallar, unos conflictos sentimentales y personales un tanto epidérmicos y un sencillo mensaje explícito. Narrativamente hablando, el argumento de esta nueva entrega es un tanto peliculero, sobre todo en su tramo final; los personajes son esquemáticos y tópicos, lo mismo que las actitudes, los desplantes y los sentimientos. Si se conocen las novelas anteriores, todo es bastante previsible; Pérez-Reverte suele lucirse en la creación de escenas sueltas pero no acaba de atrapar por la intriga continuada.

Las novelas de Pérez-Reverte son un reflejo bastante fiel de la España del siglo XVII, en el aspecto externo. Pero la exigente documentación no garantiza la sensación de vida real. Tanto el comportamiento de Alatriste como sus ideas y su modo de vida son más propios de un desencantado español actual que del Siglo de Oro. Pérez-Reverte ha confesado en repetidas ocasiones que “Alatriste es como yo veo al mundo”. Así, Alatriste hace gala de una amargura existencial que conecta con el resto de los anti-héroes de la narrativa de Pérez-Reverte. Alatriste no cree en Dios -cosa bastante singular en un español del siglo XVII-, y su visión de la Iglesia es la de una mera organización humana con objetivos terrenales. Esta es la documentada y real historia de España que Pérez-Reverte está transmitiendo a las nuevas generaciones.

Resulta así una novela escrita para jóvenes con la amargura de un adulto desencantado, cuyo ideal es no creer en nada grande.