Dos pastiches proustianos

Anagrama. Barcelona (2007). 104 págs. 11,50 €.

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Hablar de la obra de Llorenç Villalonga (1897-1980) es hablar, sobre todo, de una novela de resonancias clásicas, Bearn (ver Aceprensa 41/07), y de un personaje extraordinario: el propio autor, un escritor culto e irónico, algo descreído y escéptico, gran lector de Proust, Saint-Simon o Anatole France, y, precisamente por ello, culturalmente más francés -con sus guiños socarrones a lo Voltaire- que español. Villalonga fue un rara avis en el panorama literario español del siglo XX, arrinconado por otras figuras de menor fuste literario pero de mayor presencia mediática. No le favoreció, sin duda, el moverse a caballo entre dos lenguas literarias -el catalán y el castellano- ni su particular adscripción al falangismo durante la guerra civil española, que terminó en la decepción.

Con Dos pastiches proustianos, la editorial barcelonesa Anagrama ofrece la reedición de dos de los relatos más inteligentes y agudos del escritor mallorquín. Se trata, como el propio título indica, de un homenaje explícito a la obra del francés Marcel Proust, cuyos libros Villalonga conoció en su juventud. El primero de los relatos es un retrato epistolar, casi perfecto, de la personalidad del gran escritor francés. Proust se ve obligado a desprenderse de su coche, un anticuado y casi inservible De Dio-Bouton, a fin de poder pagar las deudas de juego de su mujer, Albertine. Unos avezados timadores, un bisoño e ingenuo teniente y la aristocrática vecina del autor, madame de Guermantes, terminan por conformar este relato de enredos a la parisina, cuya finura y percepción psicológicas son, sencillamente, antológicas. Charlus en Bearn, el segundo de los pastiches, se articula a partir de la visita a Mallorca del barón Charlus -una de las grandes creaciones proustianas- y su estancia en casa de los señores de Bearn, don Toni y doña María Antonia, protagonistas a su vez de la principal novela villalonguiana.

Retrato de un tiempo perdido y, a la vez, imaginado, homenaje e imitación -“la imitación -recuerda Villalonga- es un exceso de admiración”-, diálogo a medio camino entre la fantasía y la realidad, Dos pastiches proustianos deslumbra por la elegancia y el estilo del autor, así como por la inteligencia y el fino sentido del humor, a menudo disparatado, que destilan sus páginas. La buena labor del traductor, José Batlló, permite disfrutar de una de las mejores prosas -junto a la de Mercé Rodoreda y Josep Pla- de la literatura catalana del siglo XX.

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