Diario de invierno

Anagrama.
Barcelona (2012).
244 págs.
18,90 €.
Traducción: Benito Gómez Ibáñez.

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Diario de invierno no se trata propiamente de un diario, pues Paul Auster (New Jersey, 1947 comienza a escribir este libro cuando cumple 63 años y lo finaliza con 64, sin contar lo que le está pasando en ese año, ni siguiendo una evolución cronológica, ni un orden ya establecido. De manera desordenada, ha seleccionado unos cuantos recuerdos “de los que no soy capaz de escaparme” que abarcan toda su vida. Como escribe al comienzo del libro, recurriendo a la segunda persona, la que utiliza en este libro para dirigirse a sí mismo, “quizás sea mejor que de momento dejes tus historias a un lado y trates de indagar lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo desde el primer día que recuerdas estar vivo hasta hoy”.

La mayoría son sucesos muy normales: las casas donde ha vivido, la relación con sus padres, la muerte de su madre, un accidente de coche, algunas anécdotas de su vida en Francia, la relación con su mujer después de treinta años de matrimonio, el paso del tiempo, el miedo a la muerte… Confiesa el propio Auster que su vida no es precisamente interesante y esto es evidente cuando da demasiada importancia a sus recuerdos sobre algunos episodios sexuales de su adolescencia, tópicos y previsibles. Más interesantes resultan sus recuerdos familiares, el plato fuerte del libro.

Al igual que en su narrativa, Auster, de ascendencia judía, rechaza cualquier atisbo de trascendencia. Lo dice explícitamente en este libro cuando habla de la muerte como “entrar flotando en el reino de la nada”. En su lugar, defiende una visión materialista y corporal de la vida y hasta de la literatura. Pero esto es compatible con el peso que, en este libro y en su literatura, tiene la presencia del amor como bálsamo existencial. En Diario de invierno, pensando en la muerte, asume una de las citas de su admirado Joseph Joubert: “Hay que morir inspirando amor (si se puede)”. De pasada, también habla de algunas de sus ideas morales –en la órbita del ideario demócrata– y de la vida política, aunque sobre este asunto muestra poco entusiasmo.

Algunos de estos temas los ha abordado en sus libros más memorialísticos, como La invención de la soledad (libro en el que trata la muerte de su padre), A salto de mata y El cuaderno rojo. Aquí la elección de temas es más íntima y personal, y deja para otra ocasión su proceso de formación como escritor, tema al que, ha comentado en una reciente entrevista, dedicará su próximo libro. La variedad y el desorden de anécdotas y recuerdos contribuyen a que la lectura de Diario de invierno sea agradable, también por la calidad estilística y por la actitud adoptada, pues Auster no está obsesionado con su ego ni avasalla con su personalidad, ideas y puntos de vista.

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