Cosa de risa

Acantilado. Barcelona (2008). 205 págs. 15 €. Traducción: Stella Mastrangelo.

TÍTULO ORIGINALThe Laughing Matter

GÉNERO

El título de esta novela puede desconcertar, pues no se trata de un relato de humor sino de una tragedia clásica en toda regla. Evan Nazarenus, profesor armenio afincado en Estados Unidos, ha estado unos meses alejado de su familia, impartiendo un curso en una universidad. Acaba de regresar con la ilusión de pasar las vacaciones con su mujer y con sus dos hijos en Clovis (California), en la casa que les presta su hermano Dade. La noche de la llegada al lugar de veraneo, Swan, la mujer de Evan, le confiesa que ha sido infiel y que está embarazada. A partir de ahí, todo cambia y las pasiones, los errores y los accidentes conducen al trágico desenlace.

El irónico título refleja probablemente el escepticismo de Saroyan (1908-1981, ver Aceprensa 58/05) sobre la condición humana -más patente después de su propio fracaso conyugal-, pero Cosa de risa (1953), además de ser una novela excelente desde el punto de vista literario, ayuda a reflexionar sobre la familia.

La personalidad de Evan está muy bien perfilada: ha sido un buen marido, un buen padre y un buen hermano, la infidelidad de su mujer lo aturde, pero, tras un arrebato violento, está dispuesto a perdonar y a recomenzar. Ella tiene miedo, es una mujer frágil e inestable. En medio, los dos hijos, que son felices cuando sus padres están unidos y sufren cuando intuyen que algo va mal. Sus reacciones, sus impresiones infantiles están magistralmente descritas y reflejan el drama que las desavenencias conyugales suponen para los hijos.

Cerca del final de la novela, las palabras de Dade a su hermano dan en el clavo: “La familia es todo lo que hay. Si no te tomas en serio la familia, todo se viene abajo. No deberías haberla dejado sola. Eso invita a bromear con la familia. Y basta con un poco de broma para acabar con la familia”.

El drama está muy bien contado, la ambientación -todo transcurre entre gente muy normal-, los diálogos y el ritmo narrativo, que se acelera al acercarse el desenlace, captan al lector desde el comienzo. Ese tono de normalidad -no hay ninguna concesión al melodrama- aumenta si cabe la magnitud de la tragedia.

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