Como en un espejo

Encuentro. Madrid (2007). 263 págs. 18 €.

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Con un pie de filósofo y otro de experto en narrativa audiovisual, Juan Orellana (Madrid, 1965) recorre el cine contemporáneo, en un discurso en el que asoman más de 350 películas estrenadas en los siete primeros años de nuestro siglo XXI.

El autor, crítico de cine y profesor universitario, parte del convencimiento de que “el cine es una forma de aproximarse a la realidad del hombre, al misterio del hombre; una forma poliédrica y a menudo imprecisa, pero muy elocuente y de gran poder de comunicación […] En una narración cinematográfica se nos entrega de una forma intuitiva e inmediata, sensible, lo que en un tratado especulativo o filosófico requeriría numerosas páginas”.

De acuerdo con ese convencimiento, Orellana ha elegido el sentido religioso como elemento vertebrador de un libro profundo y lleno de sugerencias. Su título, Como en un espejo, coincide con el de una película del Ingmar Bergman que aún buscaba y con el comentario de una carta dirigida a Andrei Tarkovski por una espectadora de una de sus películas que decía haberse visto así durante la proyección. El subtítulo (Drama humano y sentido religioso en el cine contemporáneo) define perfectamente el contenido de la obra.

Quizás lo más sorprendente de este libro es la solidez de su sistemática y el calado del discurso. Orellana dedica la primera parte a la exposición de algunas claves de lectura antropológica del hombre contemporáneo, tal y como es retratado por la ficción cinematográfica. Los ejemplos de películas son continuos, a través de un hilo hermenéutico que va cosiendo un dibujo coherente y clarificador de las hechuras del ser humano y de la sociedad en la que vive.

La segunda parte, “Cine y acontecimiento cristiano”, responde al convencimiento del autor de que Cristo es “la respuesta al deseo inagotable de felicidad y plenitud que tiene el ser humano”, cuyos vericuetos -a veces, tortuosos- se exponen en la primera parte del libro. Las distintas aproximaciones cinematográficas recientes al misterio cristiano y a sus seguidores más eximios, los santos, son desgranadas por Orellana con gran capacidad de introspección, poniendo de relieve tendencias muy marcadas en la manera de afrontar el cristianismo.

El libro se cierra con un estudio sobre la atención que ha prestado la Iglesia española al cine, que se justifica como enriquecedor complemento de las reflexiones de los capítulos precedentes, sobre todo, si se tiene en cuenta que el autor es desde hace años director de la Oficina de cine de la Conferencia Episcopal Española y presidente de Signis-España.

No sería justo terminar sin hacer mención de la calidad de la escritura de Orellana, en la que brilla una llamativa cordialidad.

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