9788490652701_1

Ciudadela

EDITORIAL

TÍTULO ORIGINALCitadelle

CIUDAD Y AÑO DE EDICIÓNBarcelona (2016)

Nº PÁGINAS600 págs.

PRECIO PAPEL14,95 €

TRADUCCIÓN

GÉNERO,

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Conocido sobre todo por su obra El principito (1942), traducida a noventa lenguas, Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) es el autor francés más leído del siglo XX. El conjunto de su obra, construida sobre la narración, la prosa poética y la reflexión (como Ciudadela), sigue abierta a múltiples interpretaciones.

La biografía de Saint-Exupéry está marcada por el signo de la ansiedad. Una ansiedad que caracterizaba su gusto por la aventura y que canalizó dedicándose a la aviación, experiencia que inmortalizó en algunas de sus obras más conocidas, Correo del Sur y Vuelo nocturno. Sus ideas filosóficas están traspasadas por el humanismo, y su religiosidad, de tintes cristianos, es subjetiva y heterodoxa. Como escribe Horacio Vázquez Rial en la Introducción, “el Dios de Ciudadela poco tiene que ver con el Dios católico de Claudel: es ‘el nudo esencial de actos diversos’, en el mejor de los casos, y un relojero ausente en el peor”. Además, sentía que el futuro de la humanidad pasaba por el arte y el progreso.

Ciudadela es precisamente la obra más apasionada y oscura de Saint-Exupéry, la que mejor define los rasgos de su espíritu inquieto. Se publicó de manera póstuma, sin que el autor pudiera acabar de pulirla. Concebida como un diario misceláneo repleto de imágenes fantásticas, historias y reflexiones personales, Saint-Exupéry profundiza en el interior del ser humano buscando las claves para una existencia más auténtica y lograda, siempre tomando como punto de partida el amor. Estilísticamente, para crear una atmósfera poética, abundan las metáforas y los pasajes anecdóticos y descriptivos, con un sentido autónomo, con los que transmite diferentes enseñanzas.

En esta obra defiende una nueva civilización, cuyos valores serán herencia de los cristianos, y en la que los hombres serán hermanos en el Hombre. El cristianismo merecerá al menos un póstumo homenaje por haber sabido fundar en Dios valores como la igualdad, la dignidad, la fraternidad, la esperanza y la caridad. Pero habrá llegado el momento de sustituirlo por una religión del Hombre, que supuestamente sería mucho más universal.

Saint-Exupéry admiraba la Edad Media y particularmente las catedrales, pero su ideal no es construir una catedral sino una ciudadela y, concretamente, “en el corazón del hombre”. Mas no supo diferenciar entre catedral y ciudadela. La ciudadela se construye contra alguien, mientras que la catedral está abierta y se eleva en altura. En la ciudadela se vive a la defensiva y no es precisamente el mejor lugar para alguien enamorado del mundo y de la vida. Puede que incluso la defensa de la ciudadela lleve a justificar la destrucción de algunos hombres. No olvidemos tampoco que en la ciudadela viven el miedo y la angustia, siempre recelosos de los espacios abiertos.

Por tanto, la ciudadela no es una catedral sin Dios, como parece entender Saint-Exupéry. Se asemeja más a una prisión sombría que encarcela a sus propios defensores. Pero por encima de unas bellas imágenes literarias, el escritor francés anhelaba algo más. En una carta dirigida al general Chambe en 1943 confesaba abiertamente que, si poseyera la fe, lo único que le resultaría soportable en este mundo sería la abadía benedictina de Solesmes. En las propias páginas de Ciudadela surge esta oración: “Muéstrate a mí, Señor, porque todo resulta muy duro cuando se pierde el sabor de Dios”.

Más allá de sus desgarradoras dudas existenciales, presentes de manera directa en Ciudadela, el conjunto de la obra de Saint-Exupéry es la expresión de un sincero y noble humanismo.

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