Cartas de un comerciante hecho a sí mismo a su hijo

Homo Legens. Madrid (2009). 192 págs. 16 €. Traducción: Miguel Temprano García

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John Grahan, comerciante y director de Grahan & Co (gran empresa que envasa y comercializa productos provenientes del cerdo), quiere preparar a su hijo como futuro director del negocio; pero desea que se gane el puesto y no que lo herede. Para ello, comienza por procurarle una educación universitaria, puesto que considera que “todo lo que sirva para que un muchacho aprenda a pensar, y a pensar rápido, resulta rentable; y todo lo que sirva para enseñarle a encontrar una respuesta antes de que otro empiece a mordisquear el lápiz también lo es”. Después detalla a su hijo qué trayectoria desea para él en la empresa: “solo hay un lugar desde el que se pueda aspirar a ese cargo en Grahan & Co, tanto si se es el hijo del jefe como del bodeguero: desde abajo”. Y es que no quiere proporcionarle el éxito, porque, dice, “quien no ha pegado sellos alguna vez en su vida no sirve para redactar cartas”. Así que le contrata en el departamento de envíos. En su mente está el que su hijo ascienda rápido. Y así le aconseja: “Hay mucho sitio en la cima, pero no tenemos ascensor en el edificio. Quien, como tú, comienza con una buena educación, debería ser capaz de ascender más rápido que quien no la tiene”.

El libro es una recopilación de cartas en las que George Horace Lorimer (1869-¿??) expone en 20 breves y amenos capítulos, desde su experiencia -también él fue comerciante-, las principales aptitudes y actitudes que ha de tener el buen empresario.

Este libro tuvo enorme éxito en la sociedad estadounidense de principios de siglo XX, siendo la novela norteamericana más traducida después de La cabaña del tío Tom. Se publicó en 1902, un año antes de la fundación de la gran factoría automovilística Ford. En esos años la literatura de EE.UU. tiene un marcado carácter social.

La novela se lee con facilidad. El tono es desenvuelto y animoso. Las sentencias de Lorimer rezuman sentido común, y su intencionalidad didáctica no es empalagosa ni etérea, escollo que es salvado a través del atinado recurso de ilustrar con anécdotas las advertencias. Para el lector de hoy, este conjunto de exhortaciones se presenta como un buen material para la reflexión personal, además de proporcionar momentos de agradable esparcimiento.