Cómo la Iglesia católica construyó la civilización occidental

Ciudadela Libros. Madrid (2007). 280 págs. 18,50 €. Traducción: Catalina Martínez Muñoz.

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Al estudiar la civilización occidental y sus instituciones, exportadas hoy al resto del mundo, se advierte que no son fruto de una evolución casual y dispersa. A partir de la herencia de Grecia y Roma, han nacido dentro de una matriz cultural cristiana que, junto con los inevitables fallos humanos, ha supuesto una obra civilizadora decisiva. Este libro del historiador estadounidense Thomas E. Woods acierta a presentar este legado del cristianismo, hoy a menudo desconocido o negado (ver Aceprensa 118/06).

Siguiendo la historia de la Iglesia católica, Woods demuestra en capítulos monográficos las aportaciones que ha hecho a la cultura occidental: la labor civilizadora de los monasterios en la Edad Media, el nacimiento de las universidades, las maravillas del arte de las catedrales, el desarrollo de la ciencia experimental desde finales de la Edad Media, los orígenes del Derecho Internacional, los precedentes de la economía moderna en la Escuela de Salamanca, el desarrollo de las obras de beneficencia cuando nadie se preocupaba por los más pobres, la progresiva erradicación de muchas conductas inhumanas… En conjunto, se ve cómo la fe ha sido una fuente inspiradora de iniciativas y energías para hacer el bien.

Ciertamente, todo esto puede matizarse con el reconocimiento de las culpas cometidas por los hijos de la Iglesia a lo largo de los siglos, algo que la Iglesia hizo oficialmente en el Jubileo del año 2000. Pero esto no quita nada a la realidad de lo se expone en este libro, que no es triunfalista sino sereno y veraz. Su conclusión es que “la Iglesia católica no solo prestó su contribución a la civilización occidental; la Iglesia construyó esa civilización”. Como contraste, a mi juicio resulta excesivo en el último capítulo su desdén por el arte moderno como reflejo de una cultura sin Dios.

Woods no pretende hacer nuevos descubrimientos a partir de investigaciones propias. Su principal acierto es su capacidad de síntesis de investigaciones ya publicadas -siempre citando la bibliografía- y su eficaz labor expositiva, con citas y datos oportunos. Desmonta así muchos tópicos que hoy pasan por moneda legal en novelas pseudo históricas y también en libros de texto. Por ejemplo, para quienes creen que la relación entre la Iglesia y la ciencia se resume en el caso Galileo, puede ser toda una novedad el capítulo dedicado al nacimiento y desarrollo de la ciencia experimental dentro de la matriz cultural cristiana. Hoy da cierto reparo recordar los logros de la civilización occidental, y no digamos los de la Iglesia católica. Woods se ha sacudido esta inhibición, y quizá por eso su libro resulta también innovador para los tiempos que corren.

Ignacio AréchagaACEPRENSA

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