After dark

Tusquets. Barcelona (2008). 256 págs. 17 €. Traducción: Lourdes Porta.

Gracias a un puñado de buenas novelas, Haruki Murakami (Kioto, 1949) ha adquirido el estatus de autor de culto en el nuevo mundo globalizado. También en España, por supuesto, aunque es curioso comprobar que fue precisamente una de sus obras más endebles, Tokio blues, la que le abrió las puertas de la popularidad en nuestro país. Otras novelas suyas más importantes -como, por ejemplo, Al sur de la frontera, al oeste del sol o, sobre todo, la sorprendente alegoría posmoderna Crónica del pájaro que da cuerda al mund--, pasaron en cambio sin pena ni gloria, quizá por cierta complejidad experimental que difuminaba la ya de por sí borrosa frontera entre la realidad visible y la invisible.

Hemos hablado de posmodernidad para definir el particular universo literario del autor japonés; no en vano sus habilidades como fabulador se sustentan sobre una serie de cualidades muy acordes con la sensibilidad contemporánea. En sus novelas, Murakami refleja la íntima soledad de las grandes urbes niponas, cuyos habitantes se relacionan entre sí como fantasmas abandonados en busca de alguien con quien compartir un destino. La condición alegórica de estas obras destaca aun más al comprobar que los protagonistas son, por lo general, jóvenes desenraizados, veinteañeros cultos que viven a caballo entre Occidente y Oriente, entre lo tradicional y lo moderno, desorientados a su vez por una atenuada sensación de angustia existencial.

After dark resulta en gran medida un intento fracasado de permanecer a la altura de sus novelas anteriores. Sentada en un bar, una estudiante de chino, Mari, se toma un café por la noche mientras lee un libro cuyo título desconocemos. Un joven músico de jazz, Takahashi, se acerca a ella y se ponen a hablar sobre la hermana de Mari, Eri, modelo profesional que sufre una extraña dolencia psíquica que la lleva a dormir semanas enteras. La brutal agresión a una prostituta china en un Loveho, una especie de motel urbano que responde al eufemismo de “hotel del amor”, así como las largas conversaciones con Kaoru, la encargada del recinto, terminan por asentar las endebles líneas de una trama que tiene lugar en el transcurso de una sola noche.

De hecho, After dark es una novela más de personajes que de argumento, más de diálogos que de acción. Al fondo, se dibujan unos cuantos personajes solitarios necesitados de amor o de amistad. La prosa, sencilla y delicada, resulta una novedad en la escritura del japonés al apoyarse en la tercera persona en lugar de la habitual primera persona del resto de su obra. El jazz, omnipresente como siempre en Haruki Murakami, constituye la banda sonora de una novela que se lee con gusto pero que no acaba de convencer.

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