La farsa es un subgénero arriesgado. Porque parece que cuando te tiras a esa piscina puedes hacer lo que te brote… Y no: la comedia –en todos los subgéneros que la conforman– tiene una naturaleza y un comportamiento muy característicos, mucho más rígidos de lo que parece. Para dar todas las notas hay que saber y haber ensayado mucho. En la farsa, a poco que te descuides, puedes acabar atascado en un barrizal, enredado en un laberinto espinoso, despeñado o en el fondo de un pozo.
La película italiana que nos ocupa es, en muchos sentidos, una obra muy lograda. Porque tiene mucho equilibrio. Porque sabe caminar por los sitios adecuados a la velocidad adecuada. Como lo hicieron Capra, Lubitsch, Chaplin, Tati, Sturges o Berlanga. Cada cual a su manera, con resultados asombrosos.
Dos hermanos gemelos. Un filósofo internado en un manicomio. Un líder político internado en el grotesco circo de la política populista, de la partitocracia italiana. La bisagra es el jefe de gabinete del político, Andrea, un personaje formidable, maravillosamente interpretado por Valerio Mastandrea, merecedor del David de Donatello al mejor actor secundario.
La película tiene un elenco soberbio, está muy bien rodada y mejor montada. Hay sabiduría en la manera de hacer evolucionar el relato, que fluye tan suavemente que un espectador despistado puede pensar que es convencional y fácil de armar. Todo lo contrario.
Los personajes femeninos son excelentes y sirven como catalizadores de una sutileza encomiable. En medio de la función, como un metrónomo, está uno de los mejores actores vivos. Se llama Toni Servillo. Nos hace reír y llorar, pensar y soñar. Servillo baila, discursea, tararea melodías… convierte su rostro en un mapa del tiempo con sol, nubes, rayos, truenos, calabobos y chaparrón que te cala. An actor for all seasons. Proprio certo.
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