Underground

Director: Emir Kusturica. Guión: Dusan Kovacevic y Emir Kusturica. Intérpretes: Miki Manojlovic, Lazar Ristovski, Mirjana Kojovic, Slavko Stimac. 162 min.

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Viene avalada con la Palma de Oro del Festival de Cannes 1995; sin duda el jurado tuvo muy en cuenta su sobresaliente escritura, barroca, visualmente espectacular, brillante. Es el suyo un estilo teatral y cinematográfico, que conforma de manera decisiva su propio equipo -director artístico, de fotografía y el compositor musical- y las interpretaciones de la banda gitana; sin ellos Kusturica no hubiera podido conseguir este festival de sonidos, colores y ambientes mágicos, ensoñados e inquietantes.

La anécdota es mínima e increíble, y casi sirve sólo para enhebrar tanta desmesura artística y sentimental. 1941, Belgrado. Marko esconde a su amigo Petar y a un grupo de partisanos en un gran sótano, donde permanecen engañados -la dominación nazi ha terminado- durante veinte años fabricando armas para una guerra inexistente. Bajo el régimen de Tito, Marko se ha hecho rico; vive con Natalija, antigua amante de Petar. Una explosión rompe el techo del sótano y todos salen de su engaño. Treinta años después, los héroes de la fantástica historia se enfrentan y, tras sucesivas muertes y venganzas, todos se reencuentran en un apoteósico y paradisíaco banquete felliniano.

Es curioso que Kusturica se haya propuesto como lema “No os quedéis en la superficie de las cosas”, al tiempo que su Underground es una magnífica superficialidad de casi tres horas. Podría tener su explicación en esto que él mismo dice: “No quiero verme políticamente implicado en este conflicto (la guerra en Yugoslavia). Quiero conservar la distancia y la objetividad”. Ese no compromiso, y no sólo político, se trasluce en su obra y la empapa; realizada en la distancia… egoísta -egoísmo creativo, supongo-, no consigue objetividad sino distanciamiento despectivo; un trato sin amor de sus mismas criaturas, que sobrecoge.

Al modo de Papá está de viaje de negocios, retrata con trazo esperpéntico la alegría animal, las ganas de gozar, la irracional maldad, y el tesón por sobrevivir de unas gentes de su pueblo, que -él lo dice- son así. Lo sean o no, son figuras literarias, creadas para el cine, de una fuerza inusitada, casi satánica, como la escenografía que los envuelve, neorrealista y subreal.

Pedro Antonio Urbina

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