Una serie de catastróficas desdichas de Lemony Snicket

TÍTULO ORIGINAL Lemony Snicket’s A Series of Unfortunate Events

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Director: Brad Silberling. Guión: Robert Gordon. Intérpretes: Jim Carrey, Emily Browning, Liam Aiken, Meryl Streep, Timothy Spall, Catherine O’Hara. 113 min. Jóvenes.

Original adaptación de los cuentos de Lemony Snicket, acerca de los hermanos Baudelaire -Violet, Klaus y la bebé Sunny-, que tras perder a sus padres en un extraño incendio, les toca vivir con su horrible tío, el conde Olaf. Este petulante personaje, con ínfulas de actor, no desea otra cosa que la muerte de sus sobrinos, para así heredar la fortuna que a ellos les corresponde. Cuando se comprueba que Olaf no es el tutor ideal, los chicos irán a vivir con diversos parientes, entre los cuales resulta difícil adivinar quién es el más excéntrico.

Brad Silberling es un director forjado en televisión, con un punto de sosería en filmes más o menos aceptables (“Casper”, “City of Angels”, “El compromiso”). Digámoslo claro: no es un tipo brillante. Pero aquí maneja una agradecida historia, repleta de pasajes delirantes, empezando con el arranque, transgresor de los cuentos tradicionales, al estilo “Shrek”. Tomando como narrador a Lemony Snicket, autor de los cuentos, desmonta los tópicos de los relatos infantiles con sutileza, dotando así a la historia de un sólido anclaje.

Sabe presentar además a una galería de estrafalarios personajes, que harían las delicias de Tim Burton, con atinado buen humor. Y pone toda la carne en el asador de la imaginería, concibiendo un increíble mundo diferente: deslumbrante la fotografía de Emmanuel Lubezki, pero también la dirección artística y el vestuario, y los increíbles maquillajes que luce un correcto Jim Carrey en sus distintas caracterizaciones.

Como ocurre en la saga “Harry Potter”, da pena ver a grandes actores con pobres papeles. Se lleva la palma Dustin Hoffman, como crítico teatral. Pero tampoco Timothy Spall o Meryl Streep tienen mucho que hacer. Mientras que los chavales, Emily Browning y Liam Aiken, se limitan a cumplir.

José María Aresté

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