True Detective temporada 1

True Detective

TÍTULO ORIGINAL True Detective

PRODUCCIÓN Estados Unidos - 2014

DURACIÓN 60 min.

PÚBLICOAdultos

CLASIFICACIÓNViolencia, Sexo

EPISODIOS3 temporadas, 8 episodios cada una

PLATAFORMAS

ESTRENO12/01/2014

GÉNEROS

GUIONISTAS

DIRECTORES

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

En 1995, los detectives Cohle y Hart, de la policía estatal de Luisiana, investigan un horrible crimen ritual cometido en un pequeño pueblo llamado Erath. Las pesquisas indican que no es un hecho aislado: detrás hay un asesino en serie. Diecisiete años después, Cohle y Hart son entrevistados por separado por otros dos detectives que quieren aclarar aspectos del caso. Cohle es un texano trasladado a Luisiana, solitario y taciturno, que parece machacado por la vida. Hart es un hombre de la tierra, casado y con dos hijas, vehemente e impulsivo.

La HBO está martilleando lemas promocionales con un ritmo alto y sostenido. Porque sabe que le han salido muchos competidores. Porque antes estaba más o menos sola en el segmento adulto de la televisión por cable. Y ahora tiene gente al lado que hace cosas parecidas, cuando no mejores.

Voluntad de estilo
True Detective
está diseñada para sofronizar al espectador gafapastil, ese que –como decía Wilde– pilla un efecto donde los demás cogen un resfriado. Se supone, con el debido respeto y la obligada modestia, que un crítico es mucho más que un aficionado cualificado. Estamos ya muy baqueteados para que lo de “It’s not TV. It’s HBO” nos haga mover una ceja.

La voluntad de estilo, de sello propio y marca registrada, de recreo en la suerte de la deconstrucción vital, de pedaleo patafisico en un tándem en el que los manillares son Nietzsche, Derrida, Sartre y Schopenhauer; todo eso que se percibe en True Detective es –según parece– necesariamente hipnótico: el espectador se desliga de las coordenadas espacio-temporales para sumergirse en una catarsis, bla, bla, bla… (ver la secuencia seleccionada abajo).

Que HBO es importante y que algunas de sus series son jalones destacados de la ficción seriada no lo duda nadie que sepa un poco de TV. Yo tampoco. Pero eso es una cosa, y la devoción fanática por este canal de pago, otra. No soy prosélito de ninguna de estas sectas audiovisuales, donde todo parece ser sospechosamente único e inigualable. Hay cosas de HBO que me gustan mucho, otras nada y otras così così.

La necesaria escala de grises

True Detective ha encontrado lo que buscaba la HBO: el blanco y el negro, el o conmigo o contra mí. Lo resume bien Alberto Nahum García en su blog Diamantes en serie, en el que postula la escala de grises como imprescindible en el ejercicio de la apreciación.

Las herramientas promocionales de las series están cada vez más ligadas a las opiniones de los comentaristas de televisión más influyentes, que conversan con sus lectores usando el blog como contenedor versátil que permite (y lo escribo sin la menor malicia) análisis muy precisos y también peroratas y peloteos interminables, precisa concisión y difusa verborrea. Hay de todo y, el caso True Detective es casi un paradigma de cómo las redes sociales sirven de caja de resonancia a las series de TV contemporáneas. Series que parecen reinventar la televisión. Y yo no les canso: solo digo que el parecido de True Detective con series anteriores es mucho más grande de lo que parece (pienso en The Killing).

Los ocho capítulos de esta serie –que tendrá segunda temporada pero sin la presencia de Matthew McConaughey– son como son. La serie es lo que es, más allá de las declaraciones del guionista Nic Pizzolatto, que ha apelado en entrevistas y declaraciones a una voluntad de trascender el relato policial de investigación de crímenes cometidos por un asesino en serie durante décadas. Se trataría de un ejercicio de metaficción que usa el género para divagar sobre una relación de amistad entre dos personajes masculinos, dos detectives unidos por la investigación de un espeluznante asesinato.

A mi juicio, el guion deja mucho que desear. Pero mucho es mucho. Hay subtramas de garrafón. Que rima con el jarrón que contiene el vacío, al que se ha referido sagazmente Alberto Nahum, glosando el sentido del título del último capítulo de True Detective, “Forma y vacío”, con clara referencia a la teoría estética del cubista Braque: “El jarrón da forma al vacío y la música al silencio”. El mismo Braque dijo alto y claro una frase que suena como un disparo en el bosque semidormido: “La verdad existe. Solo se inventa la mentira”.

El guion es brillante en la manera de dosificar la información sobre los dos detectives, pero también resulta artificioso

Truculencia
En True Detective, hay detective, pero de true, lo que se llama true, hay muy poco. Tiene demasiadas concesiones facilonas al mainstream (el sur profundo absolutamente estereotipado, el fanatismo religioso aún más, los abusos de menores, el culto satánico, el desvalimiento de personajes en ruinas).

La estrategia de Pizzolatto consiste en jugar con el tiempo, usando un lapso de veinte años para urdir un puzle que exige del espectador un pacto de visionado que en algunos capítulos resulta leonino, no por la truculencia sino por el desconcertante ejercicio de giros dramáticos de tahúr de tercera.

Brillante es la manera de dispensar la información de manera que el espectador se pegue a las peripecias vitales y profesionales de los dos detectives. Brillante, sí, pero con demasiada purpurina. Esa opción propicia una languidez en el relato que se ve potenciada por el director, Cary Fukunaga, un realizador con buena mano que se entrega al manierismo en la planificación, un manierismo ombliguista que termina resultando agotador en esos planos fantasmales de Luisiana. Al menos para mí.

Los actores están bien, mejor que sus personajes. No me creo el arco de Rust Cohle (MacConaughey) y mucho menos el de su colega Martin Hart (Harrelson). La trama familiar parece trasplantada de otra historia.

True Detective tiene cosas interesantes pero en conjunto no me parece una serie brillante, porque es irregular y porque su recurrencia truculenta en engolfarse en un clima malsano y siniestro es, en el fondo, un olímpico brindis al pensamiento débil. El final quiere ser un mentís en toda regla, un giro de 180 grados, pero a quien esto escribe le pilló pensando ya en… otras series. En otras cosas. Porque hay vida, más allá de la tele. Vida de verdad. True life.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares