Tierra y libertad

Director: Ken Loach. Intérpretes: Ian Hart, Rosana Pastor, Iciar Bollain.

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Una de las peculiares características de este director británico en sus últimas películas (Lloviendo piedras, Riff-Raff, Ladybird, Ladybird) es que consigue que un cierto sector de público se apasione por su modo de plantear los temas. Pero quien conozca bien los asuntos que trata no puede menos de acusar de falta de rigor a Ken Loach, por su curiosa manera de mostrar sólo parte de los hechos, y de resaltar lo que le conviene con el fin de despertar polémica, caiga la verdad que caiga.

Esta película y las otras citadas tienen la apariencia de la sinceridad, debido en gran medida a la dirección de actores, que resultan como traumatizados por la misma pasión de sus extremosos personajes. La apariencia de sinceridad se debe también a un bien armonizado guión que, con un ritmo adecuada y sentimentalmente acelerado, no invita sino que evita toda serena inteligencia en el espectador. Es éste un director más eficazmente tramposo que el money-system de la industria cinematográfica norteamericana.

Tierra y libertad trata de la guerra civil española de 1936. Se centra en una pequeña sección de las Brigadas Internacionales, pequeña, porque así se hacen posibles los bajos costes de producción: con cuatro tiros y poco más de una docena de personas, la cosa queda apañadita y casi creíble; además, todo sucede en verano, y el invierno y la nieve se ven en viejas fotografías nostálgicas.

Sobre ese fondo de la guerra española, a la que han acudido jóvenes de todo el mundo, se cuenta una historia de amor y amistad, de ideal utópico, de heroísmo romántico… En este marco es necesaria la muerte para que pueda darse el romanticismo de amor truncado y rota amistad, y el heroísmo sentimental. La estructura del quebrado guión en flash-back muestra, hoy en Liverpool, a la nieta del protagonista que mira fotografías y lee cartas y recortes de periódicos de las batallas vividas en el 37 por su abuelo británico, ahora recién fallecido.

La fotografía de los paisajes de Aragón y Castellón, de alguna calle del barrio viejo de Barcelona es magnífica; la música, engarzada con canciones de época, perfecta; la historia, sencilla y directa; los actores, eficacísimos, entran casi todos en una especie de terapia de grupo… Más que correcta la dirección, normalmente en vibrante plano corto, o en vivos primerísimos planos de rostros; con panorámicas paisajísticas para los tiempos de ruptura de tensión, como descansos de serenidad… Es decir, muy bien como emoción humana, lirismo y entretenimiento.

El trasfondo histórico podía haber sido cualquier otro; esta vez le ha tocado sufrir la imprecisión y el escamoteo al estalinismo, al enfrentamiento entre los anarquistas del POUM y los comunistas del PCE, y a las Brigadas Internacionales… Entrar en la visión que da Loach de este aspecto de la guerra española sería alargarse demasiado; más breve como muestra del estilo manipulador de Ken Loach es el acumulado retrato de maldades en la breve aparición del único sacerdote católico que actúa: dicen de él que ha roto el secreto de confesión para que fusilen a unos rojos; dispara y mata desde el campanario, por la espalda, a milicianos y mujeres; y miente luego afirmando que él no ha sido; al fin, el mismo pueblo le fusila como en un acto de natural justicia cósmica…

Ken Loach está en posesión de la verdad y ha declarado sin rubor sentirse urgido a hacer la historia, no sea que otro llegue antes. Al que no esté de acuerdo con él le califica de fascista. Algunos comunistas, como Santiago Carrillo, han disentido.

Pedro Antonio Urbina

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