Temptress Moon (Luna tentadora)

TÍTULO ORIGINAL Feng Yue

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Director: Chen Kaige. Guión: Shu Kei. Intérpretes: Leslie Cheung, Gong Li, Kevin Lin Jianhua, He Saifei, David Wu, Chang Shih, Liankun Lin, Xiangting Ge. 130 min. Adultos.

La acción se inicia en China, en 1911, cuando la República sustituye al Imperio. Zhongliang, un niño huérfano, se va a vivir con su hermana mayor, Pang Ruyi, casada con el hijo de la poderosa familia Pang. Su cuñado, opiómano, maltrata al niño, que huye a Pekín para iniciar sus estudios; le roban en el camino, y es recogido por un gangster.

Pasados los años, Zhongliang se convierte, al servicio del gangster, en un gigoló de señoras ricas y viudas. Por su parte, Pang Ruyi se ha convertido -al morir el jefe del clan, y por incapacidad de su opiómano marido- en cabeza de familia, secundada por un primo, secretamente enamorado de ella.

Enterado el gangster de esta situación, envía al joven gigoló a casa de su rica y poderosa hermana para sacar de ella el máximo partido, y seducirla incluso; involucrada en los casinos y night-clubs, a pesar de la oposición de su enamorado primo, se ve forzada a presenciar y tomar parte en el trágico final de su hermano.

Chen Kaige fue Palma de Oro en el Festival de Cannes 1993 con Adiós a mi concubina. No tuvo con Temptress Moon igual suerte en 1996: este drama psicológico pretende presentar el estado espiritual de sus personajes, atormentado y violento, en el ambiente de los años 30, en duro contraste con la educación recibida en la tradición milenaria de la época imperial: fuerte jerarquización de clases y funciones, dominación masculina e historia de una joven que se convierte en mujer poderosa y sola.

El dolor y las desilusiones que sufre el pueblo en este contexto histórico tormentoso, de cambio y confusión, se le convierte a Chen Kaige en verdadera confusión narrativa, tanto en la historia de amor y en la turbia seducción como en la presentación de los dos mundos: el hermético de la alta clase social, y el moderno, del vicioso despilfarro y la miseria, de los años 30. Las almas se ven tan desde lejos, por así decir -o en el hieratismo impenetrable de la tradición china o en la superficial y falsa alegría del vicio, exterior e igualmente impenetrable-, que ese drama psicológico queda más bien en las intenciones del director. Casi no sabemos qué sienten, qué quieren, qué piensan sus personajes, figuras de un colorido tapiz. Por otro lado, y en contra de lo habitual, tampoco las interpretaciones son demasiado convincentes. Y ese tapiz con figuras no alcanza a mucho más que a una sucesión de hermosos ambientes, penumbras, colores…, vestido de un drama que no acaba de corporeizarse con la violencia y verdad pretendidas.

Pedro Antonio Urbina

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