Stigmata

Director: Rupert Wainwright. Guión: Tom Lazarus y Rick Ramage. Intérpretes: Patricia Arquette, Gabriel Byrne, Jonathan Pryce, Nia Long, Portia De Rossi, Enrico Colantoni. 103 min. Adultos.

Una atea peluquera de Pittsburgh ve cómo su vida se derrumba cuando comienza a sufrir en propia carne los estigmas de la pasión de Jesucristo. Para estudiar el caso, el Vaticano envía a un sacerdote de la Congregación para las Causas de los Santos, especialista en este tipo de hechos milagrosos por su condición de científico, pero cuya fe se tambalea desde hace años. Al hilo de su investigación, el sacerdote irá descubriendo una oscura conspiración en el seno de la Iglesia católica, liderada por un siniestro cardenal. Su objetivo es ocultar la existencia de un misterioso evangelio, supuestamente escrito en arameo por Jesucristo, que cuestiona la existencia misma de la Iglesia, para propugnar un cristianismo de carácter subjetivo y panteísta.

A través de unas esforzadas interpretaciones y de una realización efectista y publicitaria, a medio camino entre Seven y El exorcista, Rupert Wainwright (Dillinger, Blank Check, The Sadness of Sex) pretende reflexionar sobre el supuesto conflicto entre ciencia y fe. Durante dos tercios del filme -y a pesar de que ya apunta incoherencias- navega con cierto brío por tan espesas aguas, y hasta llega a aceptar el origen sobrenatural de los estigmas. Pero, de un modo incoherente, dedica el tercio final a arremeter contra la Iglesia católica, echando mano del llamado Evangelio de Santo Tomás, que la película presenta como si fuera un secreto celosamente guardado por el Vaticano. En realidad, esta colección copto-sahídica de sentencias atribuidas a Jesucristo, encontrada en 1945 en Nag-Hamidi (Egipto), es una obra apócrifa de claro origen gnóstico, cuya primera edición crítica data de principios de los 60 y que es bien conocida por los especialistas.

Aunque él dice que sí lo ha hecho, Rupert Wainwright no se ha documentado suficientemente sobre los temas que trata. De modo que la ignorancia sobre la religión y la Iglesia católicas, que demuestra en la última parte del film, reduce a pavesas algunos aciertos parciales -por ejemplo, recrea con crudeza cómo fue realmente la muerte de Jesús en la cruz- y explica el curioso hecho -muy en la línea New Age- de que el espectador nunca sepa con exactitud si los estigmas de la protagonista son obra del mismo Jesucristo, del diablo, del alma en pena de un viejo sacerdote o de una esotérica fuerza de la naturaleza. A la postre, todo queda en un infantil y superficial alegato contra la jerarquía católica -presentada en todo momento con un tenebrismo ridículo, como ya sucedía en El fin de los días-, que convierte en simple espectáculo aspectos complejos y singulares de la religión. ¿Cuándo retratará de una vez el cine actual a alguien que viva o al menos intente vivir su cristianismo plenamente y de un modo normal?

Jerónimo José Martín

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