Simple Men

Director: Hal Hartley. Intérpretes: Robert Burke, Bill Sage, Katen Sillas.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

El cineasta independiente norteamericano Hal Hartley (Trust) demuestra en Simple Men que no es necesario un gran despliegue de medios para realizar un film vigoroso. Así, utiliza a unos actores desconocidos pero magníficos en la composición sobria de sus personajes.

Bill (Robert Burke) y Dennis (Bill Sage) son hermanos. El primero es un ladrón, rudo y aparentemente muy desenvuelto; el otro, un tímido estudiante. Ambos se unen para tratar de encontrar a su padre, figura legendaria del béisbol, pero acusado en la actualidad de haber cometido un atentado contra el Pentágono.

Bill acompaña a Dennis casi a la fuerza, carcomido por el recuerdo de su novia, que le ha dejado. Este hecho ha reforzado su desprecio a las mujeres, y le ha llevado a planear una pequeña venganza: aprovecharse de la primera con que se cruce. Pero esa mujer resulta ser Kate (Katen Sillas): fuerte, madura…, capaz de enfrentarse a las dificultades mejor que muchos hombres. Mientras, Dennis da vueltas al comportamiento de su padre, busca la respuesta a muchos porqués… Aunque en apariencia frío, los problemas de su familia le afectan. Luego está también Elina, una enigmática chica rumana.

Para que las distintas relaciones funcionen, viene a decir Hartley, han de tener como motor el afecto. Un afecto que se ha de cultivar, y que no puede ser meramente instintivo. “Cuida de ella, y ella cuidará de ti”, dice al inicio un guarda jurado al que Bill arrebata un medallón de la Virgen. Esta frase será emblemática de lo que tiene que ser la relación de un hombre y una mujer -o entre hermanos, o entre padre e hijo-, frente a la simplificación de reducir la vida a “problemas y deseo”.

Sorprende cómo se plantean cuestiones con rigor y sin engolamiento. Una descripción detallista de caracteres y relaciones presididos por la desorientación constituye el firme y atípico armazón que las soporta. Ello puede dar apariencia de desorden o ligereza; pero cada pieza encaja en su sitio, hasta llegar a un final ejemplar de buen acabado.

En la película se suceden detalles de humor, diálogos acelerados y algunas escenas cercanas al teatro del absurdo, bien insertadas y montadas, con un punto de ironía. A ello se añade un magnífico empleo del sonido, por ejemplo en un omnipresente rasgueo de guitarra, o en la escena del baile, homenaje a Bande à part, de Godard. La deuda de su cine con el director francés la confiesa Hartley sin ambages.

José María Aresté