Siete años en el Tíbet

TÍTULO ORIGINAL Seven Years in Tibet

GÉNEROS

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Director: Jean-Jacques Annaud. Guión: Becky Johnston. Intérpretes: Brad Pitt, David Thewlis, B.D. Wong, Mako, Jamyang Jamtsho Wangchuk, Lhakpa Tsamchoe. 131 min. Jóvenes.

Primera de una serie de películas en torno al budismo que irán llegando poco a poco: Red Corner, Kundrum… Relata la historia real de Heinrich Harrer (Brad Pitt), un famoso alpinista austriaco, miembro del partido nazi, que en 1939 inició una expedición al Himalaya para coronar el Nanga Parbat. Esta expedición, que Harrer contó en un libro, provocó la ruptura con su esposa, fracasó en su intento de alcanzar la cumbre y terminó con sus integrantes en un campo de concentración británico en la India, al poco de comenzar la II Guerra Mundial. Tres años después, Harrer huyó de allí con un compañero, Peter Aufschnaiter (David Thewlis), y ambos vivieron la experiencia única de ser los primeros occidentales acogidos en la ciudad santa tibetana de Lhasa, donde vivía el actual Dalai Lama, por entonces un niño.

El principal acierto del guión de Becky Johnston -autora de El príncipe de las mareas- es haberse centrado en el proceso de redención del vanidoso e insoportable protagonista. Además, este cambio se articula a través de variados hilos narrativos que enriquecen la trama: la tragedia familiar de Harrer; su amistad con el paciente Aufschnaiter; su peculiar relación paterno-filial con el Dalai Lama niño; y su progresiva implicación en el estilo de vida tibetano y en su lucha contra el invasor comunista chino.

Como se ve, esta historia ofrece mucho más que la blanda apología del budismo que brindó hace años Bernardo Bertolucci en Pequeño Buda. Ciertamente, también aquí se elogia el pacifismo budista y la personalidad del Dalai Lama. Pero, salvo en la aceptación de un sueño cumplido del niño sagrado -que viene a ser como un reconocimiento de la reencarnación que dice ser-, no se presenta el budismo como una religión -no hay un Dios personal en ella-, sino más bien como una filosofía naturalista y pacifista. Otra cosa es que el viaje iniciático que se describe responda plenamente a la realidad. Como ha señalado en Le Monde el orientalista francés Odon Vallet, “en su libro el alpinista se guarda mucho de incurrir en tal idealismo y no pierde ocasión de criticar los defectos de la teocracia tibetana, denunciando su xenofobia, su ‘dictadura clerical’ y su actitud anti-occidental, que le llevaba a prohibir el automóvil, las gafas y el fútbol”. Pero ya se sabe que el Tíbet se ha convertido hoy, en el imaginario occidental, en el último refugio de una inocencia mística.

En cualquier caso, esos elementos dramáticos adquieren unidad en la puesta en escena de Jean-Jacques Annaud (El nombre de la rosa, El oso, El amante), que esta vez ha pensado en todos los públicos y renuncia a sus habituales excesos sexuales. Su realización, aunque no muy brillante, es ágil, ofrece paisajes fascinantes y muy bien fotografiados (en Argentina), y se beneficia de un impecable trabajo de ambientación -ha contado con la participación de verdaderos monjes tibetanos-, de la preciosa partitura del maestro John Williams y de unas interpretaciones muy buenas. Seguramente, nunca ha estado mejor Brad Pitt. Con todo esto, queda una película estimable, con valores humanos y con un agradable regusto al cine clásico de aventuras exóticas.

Jerónimo José Martín