Séraphine

Guión: Martin Provost, Marc Abdelnour. Intérpretes: Yolande Moureau, Ulrich Tukur, Anne Bennent, Adélaïde Leroux, Serge Larivière. 125 min. Jóvenes-adultos.

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“Me di cuenta enseguida de que la puesta en escena debía ser sobria y rigurosa, y que Séraphine debía estar en primer plano para que el espectador pudiera caminar a su lado cómodamente. Mi trabajo es ponerme ‘al servicio’ de los personajes, pero no siempre fue fácil. Para conseguirlo, me rodeé de colaboradores de talento”.

Eso dice el director y guionista de esta película, justa triunfadora en los premios del cine francés, con 7 Césares (película, guión, actriz, fotografía, música, dirección artística y vestuario) entre los que no figura, de manera desconcertante, el de director.

En 1912, Séraphine Louis, de 48 años, es limpiadora en Senlis, una pequeña ciudad de la Picardía, 50 km al norte de París. Vive de manera muy modesta y, por las noches, pinta. Lo poco que sabe lo aprendió con 15 años mientras limpiaba en un internado de chicas en el que se daban clases de dibujo, que ella observaba. Luego trabaja 20 años en un convento, desarrollando un trato con Dios lleno de ternura: pinta porque su ángel de la guarda le dice que lo haga. Cuando le encargan que limpie el piso de Wilhem Udhe, un marchante de arte alemán, se produce un encuentro casual entre el coleccionista y un cuadrito de la pintora.

Provost y su equipo se han acercado al personaje de Séraphine sin prejuicios, librando a la película del énfasis juzgador, y también, de la mirada de arriba abajo, esa tan propia de la displicencia intelectualoide, cosas ambas muy de agradecer. Séraphine fue una mujer muy sencilla y la película también lo es: huye de la grandilocuencia, de esas escenitas emotivas que tanto abundan en historias similares.

La vida de Séraphine se nos muestra muy pegada a pequeños detalles, muchos de ellos poco refinados. Su relación con el marchante, un homosexual agnóstico y con tendencia a la egolatría, tiene el peso que debe tener, ni más ni menos: lo contrario (dar más peso a esa relación) era lo fácil, pero hubiese convertido la película en mucho menos interesante.

La puesta en escena es muy hermosa. La fotografía obvia deliberadamente el brillo de los colores, que se reservan a los cuadros de Séraphine y a la naturaleza creada por su Dios, que ella bebe a grandes sorbos. En el apartado musical hay un bello uso del canto litúrgico, que Séraphine entona mientras pinta en su habitación.

Ciertamente, el trágico tramo final de la película no tiene el equilibrio y el logrado tempo de los dos primeros actos, acusándose una cierta indefinición en el guión, que no acierta con la manera de seguir la relación entre la pintora y el marchante, hasta la muerte de Séraphine en 1942. Por otra parte, aunque se ha evitado la caricatura, se echa en falta un acercamiento más decidido al alma de la pintora. En este sentido, es hermoso pensar lo que hubiese hecho con esta historia Robert Bresson.

Yolande Moreau, belga de 56 años, ya ganó el César a la actriz a en 2004 con Quand la mer monte…, película que escribió y dirigió con Gilles Porte. Aquí está excelente en una interpretación coherente con el relato desapasionado de Provost, una cinta notable que se acerca al misterio del arte, a la relación entre la belleza y su artífice, a la presencia del sufrimiento y el dolor en el acto y la actividad creadoras, de una manera infrecuente, con sensibilidad, respeto y sutileza.

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