En un pueblo de Galicia se cumplen dos años del trágico naufragio de un barco pesquero que se llevó algunas vidas. La investigación del accidente sigue sin cerrarse, y la mayoría de los habitantes se debaten entre pasar página y volver a participar en el concurso gallego de rondallas, o mantener el luto por las víctimas.
Daniel Sánchez Arévalo (La gran familia española, Primos) vuelve al tono luminoso, elegante y cercano de Diecisiete (también producida por Netflix), para contar una historia coral en la que hay más de una docena de actores gallegos veteranos de muchísimo talento, y algunos jóvenes menos experimentados, como Fernando Fraga (Animal), que destacan por su entrañable espontaneidad.
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La película combina la intriga de la investigación con el drama intimista, la comedia rural con el musical costumbrista, y lo hace con un equilibrio muy meritorio. El concurso de rondallas genera especial empatía por las elaboradas coreografías y la simpatía de los personajes.
El ingenio de los diálogos, una de las claves del cine de Sánchez Arévalo, logra que cada personaje tenga vida propia y, a la vez, se construya en la conexión con los demás, ahondando en la necesidad de un amor que perdure en los conflictos, una comunidad de lazos fuertes, y una verdad que, aunque sea exigente, siempre acaba por liberar a los que la asumen.
En estas relaciones hay diferentes edades, caracteres y modos de pensar que se complementan con armonía e ironía. El resultado es una de esas películas que consiguen conmover y hacer feliz al espectador. Al menos eso es lo que sucedió en el pase nocturno de la película en el pasado Festival de San Sebastián. Esperemos que ocurra algo similar en una cartelera navideña más bien escasa de títulos con la calidad para merecer la pantalla grande.