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Una Philomena adolescente queda embarazada y busca ayuda en las monjas, quienes la envían a un convento en Irlanda donde da a luz y trabaja duro, en la lavandería, para pagar la ayuda y purgar su pecado. Ella, como sus compañeras, ve a su hijo una hora al día hasta que un matrimonio norteamericano lo adopta.

Cincuenta años más tarde, Philomena se pregunta qué fue de su hijo e intenta encontrarlo. La ayudará Martin Sixsmith, antiguo periodista y asesor político, que acaba de perder su puesto en el ministerio y busca un modo de volver a los medios de comunicación.

Philomena se basa en el libro que escribió Martin Sixsmith, The Lost Child of Philomena Lee, una historia conmovedora y triste, que provoca indignación ante el trato que las hermanas, que debían ser modelo de caridad, otorgaban a esas jóvenes “descarriadas”; y su obtusa visión de la sexualidad. En 2002 Peter Mullan realizó un filme mucho más ácido sobre este tema, Las hermanas de la Magdalena.

Philomena tiene elementos de comedia, de investigación policiaca, de discurso sobre la fe y de panfleto anticlerical. Tiene un guion hábil, bien construido, que evita el maniqueísmo fácil y plantea un debate más sutil e inteligente que la película de Mullan; y tiene una impresionante pareja protagonista que oculta sin problema los defectos del guion. Martin es un elegante oxfordiano, hedonista y presume de ateo; Philomena es una pobre irlandesa de escasa educación que, a pesar de todo lo que le ha sucedido, tiene una fe profunda y piensa bien de los demás. El debate es continuo, ameno y lleno de detalles divertidos.

Con todo, la película no es inocente, ni Frears y Cooga, imparciales (como se percibe, entre otras cosas, por los comentarios políticos). El caso real es verdadero y muy penoso, pero ni todos los casos fueron tan dramáticos (como la propia Philomena Lee real ha manifestado) ni se ofrecen contrapuntos que también existían en aquella época (la única “católica” que se salva en la película es la propia Lee). Por otra parte, algunas de las escenas añadidas e inventadas (como el encuentro final, brutal, entre el periodista y una de las monjas) son todo menos neutrales.

En positivo, gran parte del público recordará la magnífica interpretación de Judi Dench de un entrañable personaje que enriquece la comprensión de estos nefastos episodios recordando que no es fácil juzgar la historia con cincuenta años de distancia y diferentes parámetros culturales, que no todas las monjas eran iguales, que al dar en adopción al niño pensaban que hacían lo mejor para él, que ella fue libre de tomar sus decisiones y, sobre todo, que el tema central de la película es el perdón.

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