Nadie conoce a nadie

Director y guionista: Mateo Gil. Intérpretes: Eduardo Noriega, Jordi Mollà, Natalia Verbeke, Paz Vega, Pedro Álvarez Osorio, Mauro Ribera. 108 min. Adultos.

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Primer largometraje dirigido por Mateo Gil -27 años-, que había trabajado como guionista en Tesis y Abre los ojos, de Alejandro Amenábar, y como asistente de dirección del propio Amenábar y de José Luis Cuerda en La lengua de las mariposas. Autor de varios cortos, Allanamiento de morada obtuvo múltiples premios.

Nadie conoce a nadie es película de entretenimiento y gran espectáculo, con la pretensión de una difusión internacional y fundamentalmente dirigida a un público joven. Respecto a la juventud, hay una consideración preliminar del propio Mateo Gil que tiene cierto interés. La principal característica de la juventud actual -dice- es que vive en un tranquilo ateísmo, sin ideales, sin intereses políticos, sólo ocupada en… su “techo, pan y abrigo” (lo digo yo así por darle una cierta elegancia). No dice Mateo Gil que eso esté bien, pero, por no parecer carca, tampoco dice que esté mal. Pero sí que se puede decir, sin ser carca, que está mal: ese tranquilo ateísmo es un insulto a la inteligencia, y aunque sea ese el público joven al que fundamentalmente se dirige la película, no puede uno dejar de pensar en que hay otra juventud, creyente, activa, llena de ideales. En todo caso, Mateo Gil dice también eso porque sus protagonistas y secundarios de la película son así, descreídos y cínicos; bien que, por exigencias del guión y del suspense, uno de los protas manifieste su deseo de confesarse con Andrés el cura, amigo suyo.

Mateo Gil dice que la pregunta que plantea su película, “en el marco inmejorable de la Semana Santa de Sevilla”, es: “¿Basta con que alguien crea que es el demonio para que realmente lo sea?”. No hace falta ver la película ni hacer un especial esfuerzo mental para responder: “No; para ser hay que ser”. Esa fútil pregunta implica un excesiva ignorancia sobre lo que la fe es; excesiva, pues en la película se describe una importante manifestación de fe en ese “marco inmejorable”. Y el personaje descreído más inteligente, el Sapo, critica a los creyentes desde esa vasta ignorancia.

Basta de reflexión. “En cualquier caso, esta reflexión se sitúa en segundo plano, cediendo protagonismo a la historia”, dice el joven director. Si el espectador logra situar en segundo plano -es decir, que no le importe ni afecte ni hiera- la plasmación de estas reflexiones, erotomanías y otros excesos con imágenes religiosas sevillanas, la película cumplirá sus cometidos: entretenimento y gran espectáculo para ese público, difusión internacional… Soltura y manejo no faltan en la espléndida dirección de este nuevo grande del mundo del cine llamado Mateo Gil.

Pedro Antonio Urbina

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