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Director: Danny Boyle. Guión: Frank Cottrell Boyce. Intérpretes: Alexander Nathan Etel, Lewis Owen McGibbon, James Nesbitt, Daisy Donovan, Christopher Fulford, Pearce Quigley, Jane Hogarth, Alun Armstrong, Enzo Cilenti. 98 min. Jóvenes.

Singular cuento infantil, que también disfrutarán los adultos, dirigido por el británico Danny Boyle, a partir de un guión de Frank Cottrell Boyce. Ya antes el director había narrado historias sobre el poder corruptor del dinero, como “A tumba abierta”; y el recurso a personajes sobrenaturales -ángeles que ayudan a los comunes mortales- era parte importante en “Una historia diferente”. Sin embargo, y aun contando aquí con ambos elementos argumentales, hay un cambio de óptica, pues Boyle opta por contar su ficción con la mirada de un niño.

Se trata de Damian, de ocho años, que con su hermano Anthony, de doce, y el padre viudo Ronnie, acaban de mudarse a otra casa. Los tres añoran a la madre muerta, pero Damian es quien acusa más la ausencia; y para mejor sobrellevarla, mantiene animadas charlas con sus mejores amigos: los santos. Imaginación o realidad, poco importa, Damian conversa a todas horas con san Pedro, santa Clara, los mártires de Uganda, pues anhela como ellos hacer el bien; y también porque no deja de rondarle la duda de si su propia madre habrá sido recibida en el Cielo, como una santa más.

En esta tesitura, una bolsa repleta de dinero, procedente de un robo, cae, literalmente, del cielo. Damian así lo cree, y piensa que Dios se la manda para ayudar a los pobres. Con la dificultad de que se trata de millones de libras esterlinas, en vísperas de que Gran Bretaña adopte, al fin, el euro. O sea, que en pocos días serán papel mojado. Además, a los deseos altruistas de Damian, se opone la visión más terrenal de Anthony, quien demuestra además estar dotado de una insólita capacidad comercial.

Con los mimbres de fábula moral con niño, el riesgo de caer en el ridículo es grande. De hecho, el final africano lo roza. Sin embargo, Boyle logra un delicado equilibrio entre drama, magia, ternura y comedia. Incluso la opción para representar a los santos, entre lo “kitsch” y lo surrealista, aureolas sobres sus cabezas incluidas, funciona: no es irreverente y encaja con la inocencia de Damian, ese gran don que nunca debería perder.

Al fin y al cabo, ya se sabe, hay que hacerse niños para ingresar en la vida eterna. Los dos chavales, sobre todo el debutante Alexander Nathan Etel, están perfectos.

José María Aresté