Mil ramos de rosas

TÍTULO ORIGINAL Bed of Roses

GÉNEROS

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Director y guionista: Michael Goldenberg. Intérpretes: Mary Stuart Masterson, Christian Slater, Pamela Segall, Josh Brolin, Kenneth Cranham. 109 min.

El dramaturgo Michael Goldenberg debuta como guionista y director con esta interesante película, que se ajusta totalmente a los cánones más estrictos del melodrama romántico. La protagonista es Lisa (Mary Stuart Masterson), una joven ejecutiva adicta al trabajo, cuya gris existencia se ve turbada cuando recibe un precioso ramo de rosas de un admirador secreto. Éste resulta ser Lewis (Christian Slater), un joven encantador, que cambió hace años un absorbente trabajo empresarial de altos vuelos por la regencia de una tienda de flores. Pronto surge el flechazo, e incluso la vida en común, pero el amor entre Lisa y Lewis deberá superar dolorosos traumas: la durísima infancia de ella -no sabe ni la fecha exacta de su cumpleaños- y la muerte en el parto de la esposa y del hijo de él.

Toda la película está planteada como un amable cuento de hadas contemporáneo y es decididamente romántica, quizá en exceso para ciertos paladares. Pero, asumiendo su enfoque, funciona muy bien. Sobre todo porque Goldenberg ha hecho una audaz apuesta por la sencillez. Esto facilita unas interpretaciones de abrumadora naturalidad, que logran hacer muy cercanas al público las matizadas reacciones de los personajes. A ratos, esa opción resta fuerza a algunas aristas dramáticas y ralentiza la acción, quizá también porque Goldenberg no se libera del todo de su formación teatral en algunas secuencias, y confía más en los gestos de los actores o en el simple planteamiento dramático de las situaciones que en su concreto desarrollo visual. En todo caso, logra mantener el ritmo de la historia, la envuelve en un mágico halo romántico -son magníficas la apagada fotografía de Adam Kimmel y todas las baladas de la película- y la enriquece con diálogos muy brillantes.

En realidad, la película plantea la aceptación de compromisos, y del sufrimiento que lleven consigo, como único camino para superar tantos desconciertos vitales. Así se entiende la patética soledad de Lisa, que teme amar y ser amada por el dolor que eso pueda llevar consigo. También tiene entidad desde esa perspectiva el contraste entre la deshumanización del trabajo ejercido con simples criterios economicistas o utilitaristas, y la profunda satisfacción de una labor abierta a la solidaridad, como la de Lewis, que se esmera en la preparación y reparto de las flores para poder disfrutar del rostro de la gente al enamorarse o al reconciliarse; o la de Kim (Pamela Segall), la amiga íntima de Lisa, que da clases en un colegio para niños conflictivos.

Este enfoque lo refuerza indirectamente Goldenberg resaltando la belleza de los detalles más simples -un paseo, una conversación entre amigos, un buen cuento, la sonrisa de un niño, una flor…-, y exaltando la rica sabiduría contenida en los libros frente a la idiotez de la subcultura televisiva. Pero, sobre todo, y a pesar de su permisivismo respecto a las relaciones prematrimoniales, le lleva a presentar el matrimonio como la única expresión auténtica del amor sexual -lo demás serían simples escarceos egoístas-, y a defender la familia en general como un elemento esencial de la vida de cualquiera. Por eso no es para nada gratuita la referencia explícita que se hace a la película ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra.

Jerónimo José Martín