Matar a un ruiseñor

Guión: Horton Foote. Intérpretes: Gregory Peck, Mary Badham, Phillip Alford. 129 min. Sony

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La escritora Harper Lee (acaba de cumplir los 83 años) quedó tan contenta con la película que regaló el reloj de su padre a Gregory Peck, que lo llevaba con él al recoger el merecido Oscar al mejor actor. Y verdaderamente no es para menos: estamos hablando de una de las mejores adaptaciones al cine realizadas partiendo de una gran novela, que eso es esta obra ganadora del Pulitzer, escrita por una íntima amiga de Truman Capote. El mérito hay que atribuirlo a la vista del productor, Alan J. Pakula, al espectacular guión del gran dramaturgo que siempre fue Horton Foote (ganador del Oscar y fallecido en 2009) y a una realización muy inteligente de Mulligan, que contó con la fotografía esmerada de Russell Harlan (baste señalar que entre sus películas está Río Rojo).

La película, estrenada en 1962, abre con una caja llena de recuerdos mientras suena la música de Elmer Berstein y ya en ese momento percibes que vas a ver algo muy especial. Pocas veces el cine ha retratado mejor la integridad, ese concepto que define la nobleza de un ser humano y que ha quedado unido a muchos personajes de Peck, pero nunca tanto como al de Atticus Finch. Hay en la película un asombroso acercamiento al mundo de la infancia, encarnado en los dos pequeños Finch, cada cual con una relación distinta con su padre. El tercer Oscar fue para el diseño de producción, que firmaron Alexander Golitzen (otros dos Oscar por El fantasma de la Ópera y Espartaco), Henry Boomstead (otro Oscar por El golpe) y Oliver Emert.

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