Malabar Princess

Director: Gilles Legrand. Guión: Gilles Legrand, Marie-Aude Murail, Philippe Vuaillat. Intérpretes: Jacques Villeret, Jules-Angelo Bigarnet, Michèle Laroque, Claude Brasseur, Clovis Cornillac. 94 minutos. Jóvenes-adultos. (D)

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“Malabar Princess” es el nombre de un avión indio que se estrelló en los Alpes en 1950 y no pudo ser recuperado: el glaciar lo devoró antes de que pudieran llegar los equipos de rescate. El avión se ha convertido en parte del folclore local, reavivado cada vez que el glaciar devuelve, con parsimonia, fragmentos del aparato y de los difuntos pasajeros. Según algunos de los escasos habitantes de la localidad, las bodegas del “Malabar Princess” todavía pueden recuperarse y ocultan un fabuloso tesoro. Cuando la historia comienza, Tom, un niño de ocho años, va a vivir con su abuelo cerca del glaciar. Cinco años antes su madre “se perdió en el glaciar”. Tom cree que puede encontrarla y va a dedicar toda su imaginación y energía a esa tarea.

El inicio de la historia deja ver que las vidas de los protagonistas -Tom, su padre y su abuelo- esconden tantos misterios y tensiones como el hielo; sucesos que fueron sepultados en la memoria y el tiempo, pero que, como el glaciar, se mueven y amenazan con volver a salir a la luz. La ingenuidad de Tom contribuirá a que aquellos secretos dejen de serlo y así la familia pueda seguir adelante.

La película tiene a su favor un paisaje espectacular: la majestad de los Alpes y las nieves eternas del glaciar; tiene además una banda sonora bellísima que acompaña las hermosas imágenes, pero eso es todo: desde el principio sabemos que hay un secreto que terminará conociéndose, y también que el niño y el abuelo van a aprender a quererse. El todo de esta cinta se reduce a la química abuelo-nieto que, desgraciadamente, no es demasiado grande: el niño carece de atractivo y sus reacciones, supuestamente infantiles, no pasan de ser rarezas. Como, a la postre, el temible secreto carece de entidad, el peso de la cinta cae con demasiada fuerza sobre el niño, y la tarea le viene excesivamente grande.

Fernando Gil-Delgado