Más que amigos

TÍTULO ORIGINAL Keeping the Faith

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Director: Edward Norton. Guión: Stuart Blumberg. Intérpretes: Edward Norton, Ben Stiller, Jenna Elfman, Anne Bancroft, Eli Wallach. 115 min. Adultos.

Si no lo ha dicho nadie, es urgente decirlo: esta primera película como director del actor Edward Norton se trata de un telefilm, que ha sido elevado -¿por su falta de peso?- al nivel de estreno cinematográfico.

Dos niños y una niña, amiguísimos… Un día la niña se va con sus padres a otro Estado-USA. Los dos hombres siguen juntos; uno es sacerdote católico, el otro rabino. Y siguen en Nueva York. (Consideración: no es normal esa intimidad tratándose de un sacerdote católico y un rabino, a no ser que en su presunta amistad íntima pasen de su fe y de su entrega. Que es lo que sucede en este telefilm).

De pronto, aquella chica a la que no veían desde hacía más de veinte años, llama por teléfono al sacerdote. La chica viene, convertida en una súper-yuppie, a trabajar en una súper- empresa, y le pide que vaya a esperarla al aeropuerto con el rabino. ¡Cielos, qué cara dura! Los dos van como corderitos, como si fuera ayer, como si no se hubieran dejado de tratar durante más de veinte años, como si volvieran a tener doce años, como si no fuera sacerdote, como si no fuera rabino…

Como era de esperar, la súper-yuppie es una súper-woman. El sacerdote católico pierde el sentido de la dignidad, del ridículo, pierde todos los papeles, incluso el billete del autobús. A partir de aquí se acumulan los despropósitos, que lo son porque el personaje del sacerdote católico (prefiero referirme solo a él) está concebido en el guión como si no fuera sacerdote. De modo que no puede hablarse de tentación, realidad demasiado seria y normal para un telefilm divertido y frivolísimo: se besa en la boca con la susodicha, se hace pasar por su novio en una cena de amigos, se acicala como un adolescente para ir a verla, etc, etc.

De modo que el arreglo final, la vuelta de las cosas a su cauce, la -digamos- rectificación, es tan frívola y divertidísima como si ese sacerdote católico de Nueva York fuera un muñeco del pim-pam-pum con una Coca- Cola.

Pedro Antonio Urbina