Los descendientes

Los descendientes

TÍTULO ORIGINAL The Descendants

PRODUCCIÓN Estados Unidos - 2012

DURACIÓN 110 min.

PÚBLICOAdultos

CLASIFICACIÓNLenguaje soez, Sensualidad

ESTRENO19/03/2012

GÉNEROS,

DIRECTORES

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A casi nadie sorprendió que Los descendientes ganara hace unos días el Globo de Oro a la mejor película dramática del año. Y eso, a pesar de que la historia que cuenta es bastante convencional: un hombre maduro, atractivo y en pleno clímax profesional se enfrenta a una hecatombe afectiva y familiar cuando su mujer queda en coma por un accidente.

A partir de este material, Alexander Payne (Entre copas) consigue tejer una sólida galería de personajes y conflictos tan veraces y potentes como la vida misma. En las dos horas de metraje no consigues desprenderte de la sensación de que lo que estás viendo es muy vulgar y cotidiano, que entre este Clooney vestido con chancletas y tu vecino del quinto hay pocas diferencias, que la historia de infidelidad por aburrimiento y fragilidad puede ser –desgraciadamente– la de cualquiera y que el seísmo que provoca este engaño afecta también a todos por igual. Y, sin embargo, o quizás precisamente por eso, porque la película transpira realismo por todos los poros, uno no puede apartar la vista de la pantalla.

Payne demuestra además en esta cinta que para conmover no hace falta recurrir al histrionismo ni caer en la rareza: basta con captar –con maestría, eso sí– la riqueza que encierra una persona. Con la ciencia de un buen escritor y su tradicional –y ácido– humor, Payne pone a cada uno de los personajes en el paredón… para después –¡sorpresa!– ir salvando a todos.

Clooney vuelve a demostrar que es un gran actor (merecido también su Globo de Oro).Ya habíamos visto que es de los pocos que puede rematar una película con un interminable primer plano. Pero aquí demuestra también que aguanta una espantosa camisa hawaiana y que es de los pocos capaces de hacer una melodramática declaración de amor a una esposa en coma (“mi amor, mi amiga, mi dolor, mi alegría”) sin que nadie en la sala suelte una risita nerviosa de vergüenza ajena. Es más, a mi lado prestigiosos y curtidos críticos tragaban saliva. Casi nada.

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