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Haigh es un experimentado montador británico de 45 años que se pasó a la dirección en 2009. Su película adapta una novela de Willy Vlautin y sigue los pasos de Charlie, un chico de 15 años que vive con su desastroso padre en las afueras de Portland. Un día, Charlie sale a correr y descubre por casualidad un hipódromo cercano. Allí hay un caballo llamado Lean on Pete. En todo momento, la vida desprotegida del errante Charlie (gran trabajo de Charlie Plummer, que fue premiado en Venecia) tiene como referencia a su tía, una hermana del padre que vive en un pueblo de Wyoming.

Gracias a la calidad del guion (la escritura de diálogo permite decir mucho con muy poco), la dirección de actores, la fotografía y el montaje, nos adentramos en un relato conmovedor, de una tremenda sinceridad y coherencia. Lacónica y contenida, la película deja ver la importancia del amor de un padre y de una madre, por presencia o por ausencia. La necesidad de amar, de cuidar a alguien, aunque parezca que los demás no merecen ese amor.

Hace diez años, Kelly Reichardt estrenó la excelente Wendy y Lucy. Lean on Pete tiene mucho que ver con ese viaje por el corazón de América que hacía una chica joven con su perra Lucy camino de Alaska, una pastoral americana que ya han abordado tantos escritores, fotógrafos, músicos y pintores estadounidenses. Un gran acierto de Wendy y Lucy fue su metraje de 80 minutos. Los 121 de Lean on Pete son excesivos y lastran una película que hasta los 90 minutos es un reloj suizo. Con todo, me parece uno de los mejores estrenos de la primera mitad de 2018.

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