La Pasión de Cristo

TÍTULO ORIGINAL The Passion of the Christ

DIRECCIÓN

GÉNEROS

Director: Mel Gibson. Guión: Benedict Fitzgerald y Mel Gibson. Intérpretes: Jim Caviezel, Maia Morgenstern, Monica Bellucci, Mattia Sbragia, Claudia Gerini, Luca Lionello, Rosalinda Celantano. 126 min. Jóvenes.

Mel Gibson se ha aproximado a una historia mil veces contada en el cine, una historia conocida hasta en sus diálogos, sus escenas, personajes y tramas secundarias, y ha sabido recrearla y adecuarla al lenguaje cinematográfico moderno de tal forma que sorprende, impacta, emociona, e incluso puede afectar a lo más hondo del corazón y la conciencia del espectador.

Desde hace treinta años, el cine ha ido perdiendo miedo a la representación de la violencia, haciéndola cada vez más explícita, y llegando finalmente a la complacencia gratuita en lo más repulsivo. Pensemos en el arco que va desde La naranja mecánica (1971), película que indaga en la naturaleza de la agresividad, hasta Irreversible (2002), la película más violenta de la historia del cine comercial, y que hizo las delicias de mucha progresía intelectual. Mel Gibson no hace una cosa ni otra: narra un acontecimiento crudelísimo y lo hace prescindiendo de las elipsis y fuera de campo que se hubieran impuesto en otras épocas. Pero si nada gratuito hubo en la histórica Pasión de Cristo, en la medida en que Mel Gibson es fiel a los hechos, tampoco lo hay en su versión.

Por tanto, una película durísima, pero no gratuita. Fiel a la historicidad de los sucesos, Gibson se permite unas licencias -como todos los cineastas que han llevado a Jesús a la pantalla-, que son sencillamente deliciosas. Licencias que podrían haber ocurrido perfectamente, pero de las que no tenemos constancia. Por ejemplo, el tratamiento que hace de María durante la Pasión es enormemente rico y teológico, y nos brinda, entre otras, la escena más enorme -grandiosa, incluso- de la película: Cristo cae por enésima vez con la Cruz a cuestas -no hay tres caídas, como en el Via Crucis, sino muchas más-, y María, destrozada, que sigue la comitiva por un callejón paralelo, no puede soportar más el sufrimiento de «su niño» -cuando vean la película me entenderán- y se abalanza sobre Él, yacente en el enlosado, y le dice: «Jesús, estoy aquí contigo», y Él, sacando fuerzas de flaqueza, fija en ella su mirada y le dice: «¿Ves, Madre, cómo yo hago nuevas todas las cosas?». Si nos fijamos, varias veces que Cristo cae, encuentra fuerzas para incorporarse cuando sus ojos descubren a su Madre.

Otra invención preciosa que aparece en la película es un flash back muy breve en el que Jesús toma el pelo a María en su carpintería de Nazareth, mientras inventa la mesa moderna. «Eso no tiene futuro», le dice María. No hay más momentos «simpáticos» en el film. Pero no es el único flash back; hay una veintena de ellos que aluden a episodios muy significativos de la predicación -las Bienaventuranzas, por ejemplo- o a la Última Cena. Y junto a María siempre aparece Juan, el discípulo predilecto. Y la Magdalena. Todos recuerdan su encuentro con el Maestro. Y, por cierto, la interpretación de Caviezel nos deja probablemente el Jesús más creíble, normal, natural, de la historia del cine, lejos de los misticismos y rarezas de otras versiones.

Entre los personajes secundarios destacan unos interesantísimos Pilatos y su mujer, probablemente los únicos personajes humanos de toda esa jauría. El famoso diálogo sobre la verdad, con versiones tan dispares como películas ha habido sobre Jesús, es en la de Mel Gibson especialmente sugerente, con un epílogo antológico entre Pilatos y su esposa, amiga de Cristo. «Reconozco la verdad siempre que oigo hablar a Jesús», dice ella. Es muy intenso también el personaje de Simón de Cirene, dramático y vigoroso.

Y no podemos olvidar a Satanás, sutil, inteligente, discreto, que se pasea por la película poniéndoselo difícil a Jesús. Como lo concibió Bergman en Fanny y Alexander, se trata de un ser asexuado, pero afeminado, y perfectamente caracterizado.

Una duda: San Pedro desaparece después de la negación de Cristo, mientras llora amargado: «Yo no soy digno». No le vemos más. ¿Está Gibson tratando mal a San Pedro? ¿Tiene doble lectura? Ahí queda.

Vigoroso realismo

Desde el punto de vista de la puesta en escena, la película supone una novedad radical respecto a la imaginería precedente. Frente a la ampulosidad operística de Franco Zefirelli -que está muy molesto con La Pasión de Cristo-, o el naturalismo levi-straussiano de Pier-Paolo Pasolini, Gibson opta por un realismo histórico, dando a la arquitectura y a las muchedumbres unas dimensiones más acordes con la realidad. La fotografía de Caleb Deschanel, bastante tenebrista, muy pictórica, refleja «la noche oscura» de Jesús, y del azul intenso de la secuencia del Huerto de los Olivos, pasa al fuego y a la sangre que invaden el resto del film.

La dirección artística, el vestuario y, sobre todo, el maquillaje de Jim Caviezel son tremendamente convincentes, lejos de la pulcritud del peplum hollywoodiense y de la pobreza de las producciones baratas de Rossellini o Pasolini. Respecto a los diálogos en arameo, latín y hebreo, lejos de espantar, resultan un aliciente de la película y le dan un cierto aire documental. El balance es, pues excelente. Pero no olvidemos que es tanta su dureza que la película no es apropiada para menores ni para mayores con ciertos umbrales de sensibilidad.

Juan Orellana

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