La locura del rey Jorge

TÍTULO ORIGINAL The Madness of King George

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Director: Nicholas Hytner.Intérpretes: Nigel Hawthorne, Helen Mirren, Ian Holm, Amanda Donohoe, Rupert Graves, Ruper Everett.

Representativa del modo británico de hacer buen cine, esta película cuenta con una interpretación -con un cierto dejo teatral- sobresaliente: Nigel Hawthorne (el rey Jorge) hizo este papel protagonista durante años en la homónima obra teatral, y Helen Mirren (la reina Carlota) obtuvo el premio a la mejor actriz en el pasado Festival de Cannes. Junto a ellos, un equipo de magníficos secundarios: jóvenes, y veteranos como Ian Holm, en el papel de psiquiatra, llamado a palacio para que cure de la locura que sufre -corre el año 1788- el rey Jorge III.

Inquietud en la Corte, posturas políticas enfrentadas, pretensiones apresuradas del príncipe, sufrimiento de la reina… Curado el rey, todo vuelve -salvo calladas e hipócritas injusticias cortesanas y reales- a una aparente normalidad.

Dicho esto se advierte que el argumento es mínimo, y que la riqueza de la anécdota está en la bien perfilada creación de personajes, en los ajustados diálogos, en la sabia valoración de matices psicológicos, sociales, de época.., en la concatenación armónica de los hechos, de creciente interés. Hay detrás esa obra de teatro que se apoya en la historia, lo cual ha permitido al mismo autor -Alan Bennett- escribir un guión muy bien trabado; el director Nicholas Hytner -es su primer largometraje- sólo debía no salirse del guión, subrayando las brillantes interpretaciones de los actores con planos adecuados; y lo ha conseguido con creces: la película transmite sensación de solidez, de acabada estructura narrativa. Cooperan al éxito una música excelente, un montaje soberbio y una espléndida fotografía.

Debido a la veracidad de personas y hechos, tanta exquisitez formal no lleva a un vacío dulzarrón, sino más bien y al contrario deja un poso amargo; porque es sólo la crueldad, el orgullo, las traiciones, los bajos intereses y las torpes pasiones lo que recrea este cerrado cuadro humano sin horizonte. En él, la lealtad es tenida por estúpida inmadurez, y hasta la fidelidad de la reina parece convertirse en un inconsciente mecanismo de época. Joyas, sedas, buenos modales realzan la corrupción, y hacen más hiriente la injusticia de los poderosos.

Pedro Antonio Urbina