La fiebre

TÍTULO ORIGINAL La febbre

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Director y guionista: Alessandro D’Alatri. Intérpretes: Fabio Volo, Valeria Solarino, Vittorio Franceschi, Massimo Bagliani, Gisella Burinato. 108 min. Jóvenes-adultos. (SD)

Mario es un simpático aparejador treintañero, que vive en Cremona con su madre, una viuda religiosa y conservadora. Gracias a los amigos de su padre -que fue clarinetista de la banda municipal-, Mario consigue una plaza de aparejador del ayuntamiento. Pero el tedioso trabajo burocrático choca con su afán de montar un local de música con unos amigos y de consolidar su reciente relación con una rebelde licenciada en Filología.

Premio del Público en el Festival de Sevilla 2005, este nuevo filme del Alessandro D’Alatri no tiene el vigor narrativo ni la hondura moral de “Comprométete (Casomai)”, pero confirma a este cineasta italiano como una de la voces más frescas e interesantes del cine actual.

Procedente de la publicidad, su puesta en escena resulta siempre sugerente en cuanto a planificación, fotografía y montaje, y rompe a menudo su estilo realista con originales fugas oníricas y surrealistas. Mención aparte merece la abigarrada banda sonora, en la que sobresale una generosa selección de música para banda y varias canciones sensacionales del grupo Negramaro.

D’Alatri adopta un tono ponderado y culto, serio y divertido a la vez, que respeta la inteligencia y el buen gusto del espectador, y torna muy simpáticos a los personajes, encarnados con rotunda naturalidad por unos actores estupendos. De este modo, se asimilan bien las vitalistas reflexiones de D’Alatri sobre la creatividad y alegría del pueblo italiano, y también sobre la capacidad desmoralizante de la burocracia sin alma y la política corrupta. Unas reflexiones algo superficiales respecto a las relaciones amorosas y la religión -demasiado circunscritas al ámbito de los sentimientos-, pero llenas de vida y vacías de ideología, y valiosas en su elogio del trabajo bien hecho, la amistad generosa, el cariño familiar y la integración superadora de lo antiguo y lo moderno.

Jerónimo José Martín

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