La edad de la ignorancia

Guión: Denys Arcand. Intérpretes: Marc Labrèche, Diane Kruger, Emma de Caunes, Rufus Wainwright, Sylvie Léonard, Caroline Néron, Didier Lucien. 104 min. Adultos. (XD)

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La controversia, o mejor el tono controvertido, le va al québécois Denys Arcand. Ha sido un director fieramente polémico desde su primera película, Seul ou avec d’autres, estrenada en 1962 cuando contaba 21 años, hasta la última, L’Âge des Ténèbres, que Arcand estrenó en el último festival de Cannes como película de clausura, cercano su 67 cumpleaños.

El desafortunado título español resulta engañoso porque la ignorancia no tiene nada que ver con la oscuridad y la tiniebla, especialmente cuando se predican de una edad, de un estadio vital, que en este caso es el de la madurez, cuando los hijos se hacen adolescentes y los padres mueren.

Arcand estudió historia, y de algún modo sus películas quieren ser -aunque quizá quieran ser otra cosa- lecciones de historia, heterodoxas y desmelenadas, con frecuencia saturadas de énfasis, pero lecciones, en algunos casos, verdaderamente memorables.

La filosofía de la historia o, si se prefiere, la sociología de Arcand admite variadas críticas (una de ellas, quizá la más acusada, la patética esterilidad de su inmanentismo: Arcand tiene un ojo maravilloso para retratar las miserias del necrosado capitalismo liberal e ilustrado y su moral de situación prête à porter pero no sabe o no quiere ir más allá; basta ver el modo de finalizar esta su última película); pero lo que está -o casi está- fuera de duda es que tiene unos recursos didácticos deslumbrantes, de un raro nivel de excelencia.

De entre la tiniebla temática y argumental (Arcand es sombrío y pesimista hasta decir basta), surgen hallazgos estilísticos que son hijos de un uso magistral del lenguaje cinematográfico, y en este sentido, al espectador instruido le sobreviene una especie de raro gozo al asistir al despliegue de talento de un director y guionista capaz de verdaderas proezas (estoy pensando en el arranque y el cierre operísticos, en algunas secuencias en el polideportivo sede de la oficina municipal, en otras domésticas que muestran la incomunicación y el aislamiento, en fin, en el sobrecogedor y bellísimo plano pictórico final).

Esa perfección formal brilla poderosísima aunque tenga que llevar a la espalda el peso de una inmoderada propensión a conjugar los personajes en superlativo heteróclito para llegar al paradigma del envilecimiento, la estulticia o la frivolidad de una sociedad caquéctica que, trágicamente, se cree o se quiere creer en el cenit de la perfección.

Por si acaso, y en román paladino, advertiré que Arcand es burro, y en esta ocasión ha querido ser reiterativo, especialmente en su modo de carcajearse del pansexualismo, del management y del homo gadgeticus.

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