La carnaza

Director: Bertrand Tavernier. Intérpretes: Marie Gillain, Olivier Sitruk, Bruno Putzulu, Richard Berry, Philippe Duclos, Marie Ravel.

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En 1992 este director francés rodó su película Ley 627 (ver servicio 140/93), un casi documental sobre la actuación de la policía antidroga en un barrio marginal de París. En ella su mirada hacia los delincuentes estaba llena de comprensión.

Vuelve con La carnaza al tema de la delincuencia. Ahora, momento en el que abundan -sobran- películas que tratan de la delincuencia juvenil, en las que los jóvenes criminales son presentados como románticos héroes de una aventura imposible frente a un mundo de culpables y necios adultos, Tavernier es excepción, por su sinceridad y seriedad.

Sobre un hecho real acaecido en Francia en l984, y a partir del libro de Morgan Sportes, ha construido un guión perfecto, con la lúcida frialdad de los cristales que guardan ordenadamente insectos, hojas, minerales.

El hecho: Una joven sirve de cebo para hombres maduros, acomodados, con el fin de que su amante y el amigo de éste -muy jóvenes también- les roben. Con el deseado dinero, los jóvenes pretenden abrir en Estados Unidos una tienda de ropa, y hacerse ricos. Ninguno de los tres manifiesta turbación ni remordimiento alguno por tener que asesinar a sus clientes. Esta insensibilidad ante el crimen, ante el sufrimiento ajeno, no empujados por la necesidad, es lo que da el clima al relato de Tavernier, y lo vertebra; su mirada es desapasionada, es la de un distanciado terror, helado y gris, como el vacío, el sinsentido, la amoralidad e impersonalidad de esos jóvenes sin alma.

Frente a esa versión, superficial y ruidosa, de los héroes de la inmoralidad, Tavernier da su versión profunda, silenciosa: no hay carreras ni persecuciones enloquecidas, no hay orgías de sangre y violencia, de sexo y droga; y sin embargo todo eso está ahí, en el mezquino mundo de esos tres jóvenes. Lo que hay tras la mesura formal de Tavernier es un intuitivo diagnóstico: la infantilización de la sociedad juvenil, su buscada evasión de toda responsabilidad, la cruel y alevosa insolidaridad egoísta, la hipócrita ignorancia de la verdad y su adormecedora confusión con lo irreal.

Actores e imágenes, dirigidos con aliento glacial, presentan un tan despiadado como magistral relato de una deshumanización que no nunca debería ser tomada como ocasión y tema para un frívolo producto de analgésico consumo.

Pedro Antonio Urbina

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