La bicicleta de Pekín

Guión: Wang Xiaoshuai, Tang Danian, Peggy Chiao y Hsu Hsiao-Ming. Intérpretes: Cui Lin, Li Bin, Zhou Xun, Gao Yuanyuan, Li Shuang, Zhao Yiwei. 113 min. Jóvenes.

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A pesar de la censura comunista, todos los años alguna película china confirma en algún festival que esa cinematografía es una de las más interesantes de la última década. Ahora le ha tocado demostrarlo al joven director Wang Xiaoshuai. Después de que sus primeras cuatro obras –The Days, Frozen, So Close to Paradise, The House– sufrieran los zarpazos de la Oficina del Cine, por fin ha podido mostrar su talento en La bicicleta de Pekín, Oso de Plata y Gran Premio del Jurado en la última Berlinale.

En el Pekín actual, dos adolescentes se disputan la posesión de una moderna mountain-bike. El primero es un tozudo chaval de campo que intenta ganarse la vida como mensajero. Cuando le roban su bicicleta, no parará hasta encontrarla. El otro es un estudiante rebelde, blando y sentimental, que compra la bicicleta de segunda mano con un dinero que ha robado a su padre, un pobre obrero. El conflicto entre ambos sacará a la luz las miserias de la sociedad china actual, en lucha permanente entre el creciente materialismo consumista y la pervivencia de unos valores éticos ancestrales.

La película ofrece una exquisita factura realista, con fluida planificación, atrevido empleo de la elipsis y el fuera de campo, e inteligente tratamiento de la luz y el color. En ella se aprecia la influencia del maestro Zhang Yimou, del cine iraní y, por supuesto, del neorrealismo italiano, pues las referencias a Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica, van más allá del título y del argumento.

Todo ese esmero formal eleva las interpretaciones, especialmente las de los jóvenes Cui Lin y Li Bin, justamente galardonados en Berlín. Ellos dan verosimilitud a las reflexiones del film sobre el sentido del trabajo y las exigencias del amor, y encarnan bien los contrastes entre la ciudad y el campo, la modernidad y la tradición, la sencillez y la vanidad. Sólo cabe reprochar la violencia del desenlace, coherente con la agresividad latente en el desarrollo, pero excesiva en su pesimismo y sólo aceptable como simbólica denuncia política.

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