Guapis

Guapis

TÍTULO ORIGINAL Mignonnes

PRODUCCIÓN Francia - 2020

DURACIÓN 96 min.

PÚBLICOAdultos

CLASIFICACIÓNLenguaje soez, Sexo

PLATAFORMAS

ESTRENO09/09/2020

GÉNEROS

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Amy es una niña senegalesa de 11 años que vive en Francia rodeada de una familia musulmana de costumbres muy estrictas. Asfixiada por las normas y desorientada por la poligamia de su padre, Amy encuentra oxígeno al formar parte de un grupo de baile twerking. Hasta aquí el argumento de una película que ganó el premio a la mejor dirección en el pasado festival de Sundance y que ha provocado un escándalo al estrenarse en Netflix. Muchos han acusado a la plataforma de fomentar la pedofilia incluyendo en su catálogo este título.

Es cierto que, como señalaba el diario Le Monde hace unos días, en la polémica ha influido, y no poco, la agenda de los republicanos americanos que se han lanzado en avalancha contra Netflix –no hay que olvidar que los Obama trabajan ahora para esta productora– llamando al boicot antes de ver la película.

Y es cierto también que hay que escuchar a la directora y guionista de la cinta, Maïmouna Doucouré, que lleva semanas repitiendo que precisamente su película es una crítica a la hipersexualización de los niños.

Todo esto es verdad. La cinta cierra con una escena que deja muy clara sus intenciones, pero… Hay un gran pero que da para un debate interesantísimo que pone el dedo en la llaga de una cuestión muy discutida. O, mejor dicho, una cuestión que ya no se discute, pero debería discutirse. Hasta qué punto la representación fílmica puede permanecer al margen o ir por libre de aquello que se denuncia y critica. El problema no es que Doucouré haya hecho una película sobre la sexualización infantil. Probablemente es un tema necesario, basta darse una vuelta por TikTok, una red social abierta a niños de cuatro años. El gran problema es cómo ha contado la historia: precisamente sexualizando a menores.

La película nunca llega a profundizar en las heridas que una sociedad hipersexualizada y profundamente sexista puede infligir en niñas que son incapaces de asimilar unos estímulos que apenas entienden pero que les atraen por su carácter de misterio, morbo y prohibición. Muestra los peligros de esta temprana hipersexualización pero de una forma muy liviana, como si fuera un peaje inevitable que apenas deja huella y destacando su carácter festivo como contrapunto de una opresiva moral. Y frente a esta superficialidad, la película recurre constantemente a mostrar esta sexualización de las niñas de una forma llamativamente obscena: los movimientos, los bailes, los planos y los enfoques buscan la provocación. Provocación inútil porque la historia se entiende sin esos subrayados. Unos subrayados que narrativamente aportan poco y que, sin embargo, hablan de la incoherencia de denunciar la sexualización de menores haciendo que unas jovencísimas actrices de 11 a 14 años interpreten coreografías con posturas adoptadas del porno.

En el fondo, el escándalo –aunque tenga una parte poco noble de buscar rédito político– habla bien de una sociedad que, afortunadamente, todavía traza alguna línea roja. Y es que con los niños no se juega. A los niños, ni tocarlos.

Ana Sánchez de la Nieta
@AnaSanchezNieta

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