Garfield 2

TÍTULO ORIGINAL Garfield: A Tail of Two Kitties

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Director: Tim Hill. Guión: Joel Cohen, Alec Sokolow. Intérpretes: Breckin Meyer, Jennifer Love Hewitt, Billy Connolly, Bill Murray, Ian Abercrombie. 78 min. Todos.

A todos aquellos que vieron la primera película no les resultará extraño que nada más comenzar la continuación, Jon se disponga a proponerle matrimonio a su novia Liz, ni que Garfield se apresure a impedirlo. Afortunadamente para el voluminoso gato, Liz debe partir a Londres. El enamoradísimo Jon viaja a Inglaterra tras ella. En Inglaterra existe un gato llamado Príncipe que es un doble exacto de Garfield. Príncipe es un auténtico rey, amo y señor del castillo Carlyle heredado de su adorable dueña, Lady Eleanor, ante la desesperación de Lord Dargis, su sobrino, quien debe esperar el fallecimiento de Príncipe antes de recibir la propiedad. Por supuesto, Dargis prefiere no dejar que la muerte de Príncipe quede en manos de la naturaleza y decide intervenir. Por supuesto los personajes de Garfield y Príncipe se van a intercambiar como aquellos de “Príncipe y mendigo”, de Mark Twain.

La segunda entrega de Garfield (Bill Murray pone la voz en la versión original) sigue la línea de la anterior, y la mejora. Tiene un buen guión que aprovecha la historia de “Príncipe y mendigo”, inspiradora de innumerables “gags” desde hace un siglo y medio. El director tiene el acierto de repartir el protagonismo, dando entrada a unos sensacionales Billy Connolly (el aristocrático y villano Lord Dargis) e Ian Abercrombie (el mayordomo).

Un plantel de animales domésticos dotados de fuertes personalidades ayudan a multiplicar los “gags” y a hacer avanzar la acción con rapidez. Finalmente, Tim Hill (“Los teleñecos en el espacio”) ha tenido el acierto de limitar el metraje a lo que dan de sí la historia y los personajes, sin importar que no sea de más de 78 minutos. Lo justo para que sea agradable y no llegue a cansar.

¿Muy infantil? Sin duda, pero también agradará a los adultos que acompañen a sus retoños, aunque les cueste reconocerlo.

Fernando Gil-Delgado