Eyes Wide Shut

Director: Stanley Kubrick. Guión: Frederic Raphael. Intérpretes: Tom Cruise, Nicole Kidman, Sydney Pollack, Marie Richardson, Alan Cummings. 160 min. Adultos, con reparos.

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William y Alice. Dr. William Harford y señora. Lo tienen todo (belleza, riquezas, trabajo, posición, una hija encantadora…) y no tienen nada (la rutina preside sus vidas, no existe confianza mutua…). En un momento de lucidez (propiciada por un porro), Alice confiesa a su esposo una fantasía erótica con otro hombre, que le dominó meses atrás. Esta inesperada revelación provoca en William una mezcla de celos, despecho y sentimientos reprimidos, que le empuja a una espiral de juegos eróticos, a escondidas de su mujer, cada vez más peligrosos.

Existía una enorme expectación por el último trabajo del fallecido Stanley Kubrick. Lejos del festival de sexo en que, se rumoreaba, consistía la película (hay escenas muy fuertes, y la distribuidora juega con ellas en la promoción; pero no son, desde luego, la esencia del film), Eyes Wide Shut ofrece, como casi toda la polifacética filmografía de Kubrick, una perspectiva moral, aunque quizá tan discutible como la que empleó al tratar la violencia en La naranja mecánica. Y desde tal perspectiva moral aborda la sexualidad conyugal, junto a los múltiples obstáculos que puede encontrar en su camino.

La película se inspira libremente en la novela Relato soñado, de Arthur Schnitzler; el hecho de que Kubrick haya escogido para adaptarla a Frederic Raphael (guionista de Dos en la carretera, de Stanley Donen, agudo retrato de un matrimonio en crisis) no parece casual. Al limitar su enfoque de la vida matrimonial a la sexualidad, se dejan de lado la amistad, los hijos, tantas pequeñas y grandes cosas que la embellecen y la hacen viable. Así, un análisis necesario (el del hastío y el retorcimiento a que pueden llegar las obsesiones sexuales) resulta sin duda parcial. Además, Kubrick apuesta aquí por la exageración, y a veces se excede: el protagonista (un Tom Cruise que aguanta el tipo) se encuentra en su camino con una retahíla de personajes, ocasión continua de infidelidad; ya sea mediante unos borrachos o una prostituta, una paciente o un homosexual, una orgía para gente bien o el padre capaz de vender como mercancía a su hija retrasada, el director aprovecha estos tipos para incidir en los despropósitos de una sociedad que parece vivir sólo para el sexo. La solución ideal, la unión estrecha con la propia pareja, no tiene garantía de éxito, nos dice Kubrick, pero esto es lo que hay. Y, en efecto, el asunto no da para más desde una visión tan pobre del matrimonio.

Kubrick realizador resulta siempre deslumbrante. Su detallismo, rayano en lo obsesivo, da sus frutos en la perfección de la puesta en escena. La elección del reparto es acertada: además de Cruise, están bien Nicole Kidman y un estupendo Sydney Pollack, que da vida al personaje más detestable de la historia. Pero en cuanto a estructura, la película resulta algo irregular: quizá el perfeccionista director habría pulido más su film si la muerte no le hubiera sorprendido. Sea como fuere, arranca con lentitud exasperante, y no acaba de encontrar la salida hasta que acomete la senda del thriller. Conviven en el metraje pasajes subyugantes, con otros cercanos a lo grotesco. No estamos ante la obra maestra con que nos hubiera gustado que se despidiera Kubrick; nos quedan, eso sí, los apuntes geniales de un director irrepetible.

José María Aresté