Encuentros nocturnos

TÍTULO ORIGINAL Nachtgesttalten

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Director y guionista: Andreas Dresen. Intérpretes: Meriam Abbas, Dominique Horwitz, Oliver Bäbler, Susanne Bormann, Michael Gwisdek, Ricardo Valentim, Ade Sapara, Imogen Kogge, Daniela Dietze, Horst Krause, Axel Prahl. 104 min. Adultos.

Son ya muchas las películas recientes que, frente a la frívola insustancialidad de una comedieta taquillera o de una superproducción de superefectos superespeciales, presentan la ciudad opulenta y tranquila -Berlín hoy, la noche- en contraste hiriente con la marginalidad y miseria de los bajos fondos. Hay mucho de voluntad documental en la presentación de cuatro… anécdotas, aunque sean dramáticas, que se entrecruzan, interrumpen, hasta llegar al final. Todas parecen dejar un poquito entreabierta la puerta a la mañana de una orientación solidaria, quizá. El resto es crueldad sin sentido, animalidad, frío egoísmo…

El telón de fondo de esa larga noche -no se ve más que fugazmente en los televisores, aunque está ahí- es una visita de Juan Pablo II a la ciudad.

Un joven campesino, torpe y de buen corazón, ha venido a la ciudad a echar una cana al aire, y tropieza con una prostituta adolescente, drogadicta, con la que conoce la sordidez y la desesperación, y no otra cosa. Una banda de adolescentes destructores, vacíos, y hastiados de vivir. Una pareja de vagabundos que, con un dinero inesperado en las manos, quieren pasar la noche en un hotel; son maltratados, vejados… Y un niño angoleño, perdido y solo en el enorme aeropuerto.

Bien. No se pretende objetividad, sino subrayar la injusticia, la ignorancia, la soledad desgarradora…, que son terribles y reales. No diría que la presencia del Papa en la ciudad tiene, en el director, una intención, ni positiva ni negativa: parece más bien una ocurrencia, no digerida ni asumida en la unidad total de esos Encuentros nocturnos: queda sin un sentido. Y queda casi sin solución este casi- documental de la fría noche del odio.

Si se es capaz de dibujar las tinieblas de la noche, ¿por qué no la aurora de los rosáceos dedos, tan antigua como Ulises? Hay solo un apunte muy leve de una obra de misericordia: la despreciada piedad del joven paleto por la desesperada prostituta; la compasión de una petarda adolescente, que levanta del suelo a la vagabunda borracha; los vagabundos pretenden defender su dignidad de persona; un mediocre funcionario, aunque a regañadientes, hace una obra de misericordia nueva: acompañar a casa al que no sabe ir; y esta última anécdota pretende también humor, pero es poco sutil, y es pesado, como la deutsch ensalada de queso, nuez y manzana, con salsa tipo mayonesa. (No es broma).

Pedro Antonio Urbina

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