El oficio de las armas

TÍTULO ORIGINAL Il mestiere delle armi

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Director y guionista: Ermanno Olmi. Intérpretes: Hristo Jivkov, Sergio Grammatico, Dimitar Ratchkov, Desislava Tenekedjieva, Sandra Ceccarelli, Paolo Magagna. 105 min. Jóvenes-adultos.

Tras ocho años de inactividad, el septuagenario cineasta italiano Ermanno Olmi (El árbol de los zuecos, La leyenda del santo bebedor) dirigió en 2001 El oficio de las armas, sensacional drama histórico que ganó nueve premios David di Donatello. La película arranca con el funeral de Giovanni de Médicis, capitán de las tropas pontificias, muerto con 28 años el 29 de noviembre de 1526. La causa fue la herida que recibió durante su campaña contra los lasquenetes alemanes, mercenarios luteranos, al servicio del emperador Carlos V, que avanzaban hacia Roma bajo el mando del general Zorzo Frundsberg.

A través de un largo flash-back, el guión desarrolla una especie de reportaje histórico, impulsado a veces por los personajes hablando a cámara. Sobre esa trabazón documental se asienta una trama de ficción de impactante dramatismo y con profundas reflexiones sobre la crueldad de la guerra, la traición como recurso político, el ideal del caballero cristiano, el valor del perdón y el arrepentimiento, y la necesidad de la fe, la esperanza y la caridad como únicas armas eficaces frente al pecado. Hay secuencias antológicas, como la del crucifijo románico despedazado por unos soldados.

Este esfuerzo de Olmi por adentrarse en las profundidades antropológicas, sociológicas y religiosas de la Europa del siglo XVI se manifiesta también en un impecable trabajo de ambientación, resuelto siempre con un naturalismo de altísimo vigor visual. Esta excelencia formal salva alguna premiosidad narrativa, rebaja el explícito erotismo de un par de escenas e involucra al espectador en el angustioso universo de la película. Un universo hiperrealista, pero matizado por un empleo casi onírico de la iluminación y de la música.

Todo este despliegue de talento se redondea con unas interpretaciones muy sólidas, fundamentalmente gestuales, pero también eficaces en la elegante declamación del refinado guión. Ni un solo anacronismo ensombrece la labor de los actores, metidos hasta los tuétanos en una época muy distinta a la nuestra, aunque sorprendentemente actual y universal en sus conflictos sociales y morales. Un punto más a favor de una película profundamente pacifista y espiritual, que refuerza la posición de Ermanno Olmi entre los grandes del séptimo arte.

Jerónimo José Martín

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