El octavo día

TÍTULO ORIGINAL Le huitième jour

GÉNEROS

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Director y guionista: Jaco Van Dormael. Intérpretes: Pascal Duquenne, Daniel Auteuil, Miou-Miou, Henri Garcin, Isabelle Sadoyan, Lazlo Martin. 114 min.

Harry (Daniel Auteuil), un ejecutivo absorbido y agotado por su trabajo, vive una crispada separación de su mujer y sus dos hijos. De una institución especializada se escapa Georges (Pascal Duquenne), un joven con síndrome de Down. Las vidas de ambos se cruzarán.

Jaco Van Dormael, belga, realizó en 1991 su primer largometraje, Totó, el héroe (cfr. servicio 140/92), Cámara de Oro y Premio del Público en el Festival de Cannes. Ahora, El octavo día ha obtenido, también en Cannes, el premio de interpretación masculina, ex aequo para Daniel Auteuil y Pascal Duquenne.

Duquenne realmente tiene síndrome de Down. Van Dormael ha querido mostrar la singularidad del hecho de tener esa enfermedad, las diferencias. De ahí ese encuentro entre dos mundos: el de Harry -el orden, lo razonable- y el de Georges -el desorden, la imaginación-. Como ha señalado el director, ambos forman una pareja similar a la del payaso listo y el tonto, al estilo de Laurel y Hardy.

Sin embargo, Georges es el fuerte, pues ama sin prudencia humana, sin límites, y el que, por eso, sabrá ayudar en lo más hondo a Harry, que no se compromete, no se arriesga del todo, limitado por la sociedad que le esclaviza, que le hace perderse como persona, y perder a su familia. Georges vive el hoy, se entrega a todo, y así su mundo es universalmente abierto, libre. El encuentro con Georges supone a Harry entrar en el octavo día, en el que el amor es lo primero, y por eso la verdad, y la libertad.

Así que El octavo día no es sólo una película sobre personas con síndrome de Down, va más allá; va tan allá como va el amor, y nuestra necesidad de él. Georges es más que un símbolo, es el mundo que nos falta, o que menospreciamos y desconocemos; y está a nuestro lado, tendiéndonos la mano, como un pordiosero que enriquece. La vida humana, reglamentada por una civilización que ciega, necesita vivir en el octavo día, con los georges.

Por eso sería cruel pensar que el destino de los diferentes sea siempre morir, de soledad, o de abandono. Y, menos, el suicidio. Ciertamente el final de la película es alegórico y ambiguo, y al mismo tiempo real. Otras facetas de la vida de Georges sólo están apuntadas: la sexualidad, el posible matrimonio, la religiosidad, el trabajo… Entrar a fondo en estas realidades exigiría otra película.

Van Dormael afirma que trabajar con Pascal Duquenne no supone una especial dificultad, pues él es actor. Al contrario, ha aprendido de él la exigencia capital de trabajar a gusto para trabajar bien. Lo cual significaría no capricho sino sinceridad. Por su parte, Daniel Auteuil actúa al ritmo de la espontaneidad de Duquenne, de modo que establece con él una armonía solidaria formada por esas dos caras de la moneda-hombre.

El octavo día es una comedia: sentimental, dramática, cómica, con un amplio despliegue de fantasía. Van Dormael tiene una personal manera de mirar, de ahí que su obra sea creativa. Su película no es perfecta, pero divierte, mueve a la reflexión sin caer en el exceso didáctico ni en lo ridículo, e introduce en un mundo distinto, cuyo conocimiento produce una enorme satisfacción. Sólo si uno está atrincherado en el egoísmo, rechazará este cuento como una boba futilidad.

Pedro Antonio Urbina

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