El coronel no tiene quien le escriba

Director: Arturo Ripstein. Guión: Paz Alicia Garciadiego. Intérpretes: Fernando Luján, Marisa Paredes, Salma Hayek, Ernesto Yáñez, Rafael Inclán. 118 min. Jóvenes-adultos.

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No era fácil llevar al cine la breve pero sutil novela de Gabriel García Márquez. Y, a priori, no había nadie más apropiado para hacerlo que el tándem (artístico y conyugal) formado por el director Arturo Ripstein y la guionista Paz Alicia Garciadiego. Basta repasar sus trabajos juntos -Principio y fin, La reina de la noche, Profundo carmesí, El Evangelio de las Maravillas…- para ver que su universo fílmico está muy cerca del universo literario del escritor colombiano. Su intento, que ambienta la trama en México, resulta satisfactorio, pero no incuestionable.

Desde hace años, el coronel, un hombre honrado y pobre, espera en su chamizo que el Gobierno le conceda la pensión que merece por su intervención en la guerra contra los cristeros. También espera llegar a comprender la inútil muerte de su hijo durante una pelea de gallos. Pero espera en vano. Como también espera en vano su asmática y esquelética mujer, que ansía callada que el coronel entre en razón y asuma la realidad. Pero el coronel se aferra a esas etéreas esperanzas y hasta al incierto futuro de un gallo de pelea, al que cuida como a un hijo, pues quizá rompa de una vez por todas su destino cruel.

Como ha señalado Ripstein, él y su mujer han intentado ser fieles a la novela, pero sobre todo al cine. Por eso, nada cabe reprochar a su opción de hacer crecer a los personajes de la coronela y de la prostituta amante de su hijo, cuyos conflictos amplían el cerrado ámbito del relato original. Un relato que mantiene en la película su riqueza literaria y su abigarrada galería de tipos, siempre marcados por ese mágico realismo característico de García Márquez. También aciertan al subrayar el amor y la dignidad de sus personajes, en vez de regodearse en su miseria. Esto, magistralmente asumido por la pareja protagonista, es lo que marca la alta estatura artística de la película.

Sin embargo, Ripstein recurre otra vez a una puesta en escena opresiva y teatral, a ratos de una premiosidad irritante, y que no siempre logra traducir las imaginativas transiciones de la prosa de García Márquez. En todo caso, su trabajo tiene personalidad y no devalúa demasiado esta meritoria adaptación.

Jerónimo José Martín

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