El buen alemán

TÍTULO ORIGINAL The Good German

GÉNEROS

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Director: Steven Soderbergh. Guión: Paul Attanasio. Intérpretes: George Clooney, Cate Blanchett, Tobey Maguire, Beau Bridges, Ravil Isyanov. 105 min. Adultos. (VXD)

Berlín, 1945. La ciudad está en ruinas. Por todas partes se ven uniformes norteamericanos y rusos. La guerra ha terminado en Europa pero continúa en el Pacífico. Estamos en vísperas de la conferencia de Postdam, que decidirá el futuro del mundo; la policía está en plena caza de criminales de guerra nazis. Jake Geismar (George Clooney), corresponsal de guerra del ejército de EE.UU., llega a Berlín para cubrir la conferencia. Descubriremos pronto que se trata de un judío que vivió en Berlín antes de la guerra y que sueña con encontrar a su antigua secretaria con quien tuvo un romance. Sin proponérselo, su corrupto chófer le ayudará a encontrarla y le empujará a una investigación que inquieta a alemanes, norteamericanos y rusos por igual.

La adaptación de una novela situada en Berlín en 1945 permite a Steven Soderbergh realizar un homenaje en condiciones a los grandes del cine negro en general, y a Jacques Tourneur (“Berlín Express”) y Billy Wilder (“A Foreing Affair”) en particular. Además realiza algún experimento innovador, en concreto combinar imagen de archivo con imagen nueva, rodada en blanco y negro, con cámaras de época. El resultado es interesante, bonito incluso, pero deja insatisfecho.

No se trata solo de que el lenguaje o el sexo se aborden con mayor crudeza que en las películas de 1945, sino de que Soderbergh ha logrado reproducir con precisión el envoltorio de aquellas películas, pero no ha capturado su alma, su esencia; se diría que la preocupación por respetar todo el sistema de producción, fotografía y decorados le ha bloqueado a la hora de desarrollar la historia.

El espectador puede seguir la película con interés, admirando el realismo de época, recordando tal vez viejos filmes en los que se veía exactamente lo mismo, y luego seguir las peripecias de Clooney, de la Blanchett (muy preocupada, tal vez, por evocar a la Dietrich), y de algunos más, sin que le importen demasiado.

Soderbergh ha debido de descubrir, para su desgracia, que la película no gana al hacer un discurso político más atrevido del que se hacía en la inmediata posguerra, y que a pesar del rigor histórico de los comentarios, ese cinismo tiene sabor contemporáneo. Y basta de puntos “negros”. La cinta es interesante y, para los fans del cine negro clásico, un regalo.

Fernando Gil-Delgado