Educando a J.

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Directora: Christine Lathi. Guión: Jill Franklyn. Intérpretes: Leelee Sobienski, Albert Brooks, Desmond Harrington, Carol Kane, John Goodman, Mary Kay Place. 108 min. Adultos.

La joven actriz neoyorquina Leelee Sobienski llamó la atención en La hija de un soldado nunca llora, de James Ivory, y sobre todo en la miniserie televisiva Juana de Arco, que le valió hace tres años la candidatura al Globo de Oro a la mejor actriz de televisión. Después rebajó esas expectativas con su sórdida aparición en Eyes Wide Shut y con sus posteriores intervenciones en películas mediocres. Ahora relanza otra vez su carrera en Educando a J., primer largometraje tras la cámara de la actriz Christine Lathi, que ya había dirigido el corto Liberman in Love, premiado con el Oscar.

Leelee Sobieski da vida a Jennifer, una rebelde adolescente californiana de 17 años, hija de padres divorciados, que vive con su cursi madre y su apático padrastro. Hastiada del mundo que le rodea, Jennifer se hace llamar J., viste de riguroso negro, llena su cuerpo de tatuajes y piercings, y disimula su dolor y su soledad adoptando una infantil actitud antisocial y autodestructiva. De hecho, solo se sincera con su abuela muerta, a la que se imagina y con la que habla frecuentemente. La vida de J. da un giro cuando conoce a Randall, aburrido cincuentón dueño de una tienda de ropa que, sorprendentemente, confía en ella y le ofrece trabajo. La creciente amistad que surge entre ambos les ayuda a afrontar sus respectivos traumas, pero les conduce también hacia una situación peligrosa.

Alguno considerará demasiado idílico o melodramático el viaje que plantea la película desde los abismos de la desesperación, el cinismo y el escapismo hippie hasta el redescubrimiento del perdón, el cariño familiar, la amistad, el amor, el trabajo y el valor purificador del sufrimiento. Pero, en sí, dicho viaje resulta muy animante. Y además, está desarrollado con gran hondura dramática por el sólido guión, por la puesta en escena -muy directa en sus pasajes realistas y sugestiva en sus salidas oníricas- y sobre todo por las excepcionales interpretaciones. En este sentido, Sobienski resuelve magistralmente el papel más complejo de su carrera, mientras Albert Brooks le da la réplica con riqueza de matices y sin restarle protagonismo. Hasta se disculpan ciertas crudezas verbales, pues dan verosimilitud y madurez a su apología de la capacidad de virtud del ser humano.

Jerónimo José Martín

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