Cuando menos te lo esperas

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Dirección y guión: Nancy Meyers. Intérpretes: Jack Nicholson, Diane Keaton, Frances McDormand, Keanu Reeves, Amanda Peet, Jon Favreau, Paul Michael Glaser. Adultos. 128 min.

La correcta artesana Nancy Meyers parece haberse especializado en un cierto tipo de comedias sobre la guerra de los sexos, o alrededor de situaciones familiares más o menos alocadas en bodas y divorcios, que propician el gag. Así lo prueban sus tres films como directora (el que nos ocupa, En qué piensan las mujeres y el remake Tú a Londres y yo a California) y los que escribió con su marido Charles Shyer, del que se separó en 1999 (Baby, tú vales mucho, los remakes de El padre de la novia y su secuela, y Me gustan los líos). En esta ocasión se inspira vagamente en la vida de su actor principal, Jack Nicholson, que a sus 66 años largos no parece haber sentado aún la cabeza.

Cuando menos te lo esperas se inicia con un ritmo delirante de enredos encadenados. Harry (Nicholson), auténtico soltero de oro, que cambia de pareja con la misma facilidad con que se bebe un vaso de agua, mantiene una relación con Marin (Amanda Peet), una jovencita. Creyendo que la residencia de fin de semana de Erica (Diane Keaton) -la madre de ella, una célebre escritora- estará desocupada, se presentan ambos allí. Pero se encuentran con Erica y su hermana Zoe (Frances McDormand). Están dispuestos a convivir, pero Harry sufre un infarto. Las circunstancias obligan a que Erica y el convaleciente Harry deban vivir solos. Así las cosas, Julian (Keanu Reeves), el doctor que atiende a Harry, queda prendado de Erica, mientras que entre el enfermo y ella se desata una animadversión que termina en atracción mutua.

A pesar de las buenas cartas con que juega, la directora es incapaz de sostener la narración, y se estanca, contagiada quizá por las dudas sentimentales de sus personajes, en un film largo (más de dos horas de metraje) y de torpe desenlace. Tiene, sí, momentos divertidos, y la suerte de contar con un reparto excelente (Keaton opta al Oscar), pero incluso en esto desaprovecha a una actriz tan estupenda como la norteamericana Frances McDormand.

Se podría decir que Meyers ha pretendido hacer una screwball comedy de las de antaño, en lo que resulta un “querer y no poder”. En tal contexto hay que entender la inicial atmósfera libertina, donde domina la idea de vida “amorosa” sin compromisos, que acaba derivando en moralina en el tramo final (el ejemplo de la hija, el amor, al fin, de todos los personajes). El descompensado film admite así varios pasajes de zafiedad facilona, o bromas acerca del recurso a fármacos para poder mantener relaciones sexuales, con un tono al fondo frívolo, sin más pretensiones. Son tiempos de pensamiento débil, ya se sabe.

José María Aresté

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